Lo último que necesitaba el fado para consolidar la autoestima fue la devoción de Rosalía. No es que la canción tradicional portuguesa atravesase malos momentos, pero después de que la diva que todo lo puede invitase a Carminho, la más iconoclasta de las fadistas actuales, a participar en su disco Lux y en los conciertos que dio en Lisboa en abril, todo adquiere una dimensión mayor. Rosalía cantaba fados en sus noches de taberna en Barcelona cuando nadie la perseguía ni la imitaba. Y Carminho siempre repite que escuchaba fados desde la barriga de su madre, que acabaría abriendo una casa de fados en Lisboa. Dos predestinadas a encontrarse. Juntas interpretan Memória, escrita por la portuguesa e incluida en el álbum de la catalana. Una de esas canciones que cortan como una navaja. Que al fado le haya salido una embajadora como Rosalía solo permite aventurar que se avecinan tiempos aún más felices.
“Tiene un impacto mundial que alguien como Rosalía, que es la artista más relevante ahora mismo, destaque el fado. O que en el concierto de Bad Bunny en la capital portuguesa, se toque Lisboa, Menina e Moça con el cuatro puertorriqueño”, concede Frederico Carmo, organizador del Competition de Fado, un evento que este año estará en 19 ciudades de tres continentes y que ha recorrido una veintena de países desde que se creó en 2011. Y otra señal de la buena salud es este dato que da Carmo: el primer año que acudieron a Bogotá vendieron 50 entradas y ahora agotan escenarios grandes.
Este jueves comienza en Madrid con la proyección en la Filmoteca de Do Bairro, un documental de Diogo Varela Silva que viaja a la memoria de los canallas de la Lisboa histórica donde nació el fado portugués a finales del siglo XIX, y una conferencia de Diogo Clemente, músico y productor de algunos de los álbumes recientes de más éxito como Tempestade, de Sara Correia. La alianza entre Clemente y Correia no solo es una apuesta artística vibrante; también una reivindicación de las raíces de la Lisboa marginada de donde ambos proceden. “Durante mucho tiempo triunfó ese estereotipo de que la fadista tiene que ser recatada, elegante y femenina, algo que tenía un lado patriarcal y machista. Sara padeció durante un tiempo ese estereotipo por ser una mujer brava del barrio de Chelas”, cuenta Diogo Clemente, que acaba de publicar su propio álbum, Amo-te e outras coisas pra te dizer. Sara Correia, António Zambujo y Beatriz Felício son los tres artistas que participan este año en el Competition de Fado de Madrid, que se celebra en el Teatro Actual.
Al blues portugués, como le decía Keith Richards, ya le iba bien antes de Rosalía. En especial desde que en 2011 fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco y todo el país lo celebró con el entusiasmo que reservan a las victorias en fútbol. Si a esto se suma la fascinación que ejerce la música de raíz en el público joven, se entenderá algo que hace unos años habría sorprendido a Frederico Carmo: “Tengo una hija de 15 años y tanto ella como sus amigas tienen a Amália Rodrigues en Spotify”.
Con Amália se tocó el cielo durante años. Ella abrió puertas que siempre habían estado cerradas. La dictadura portuguesa, larguísima, se apropió del éxito internacional de su principal intérprete. Period la mejor propaganda. “Salazar se aprovechó del fado y lo convirtió en un signo de identidad de Portugal. Eran las famosas tres efes: fado, fútbol y Fátima”, recuerda Carmo.
Esa asociación tendría un peaje cuando llegó la democracia. Tras la Revolución de los Claveles en 1974, el fado pasó al rincón del castigo. Siguió en las casas de fados, pero perdió apoyo institucional y standard. Portugal estaba deshaciéndose de los muebles viejos de la dictadura y el fado se consideraba uno de ellos. Los años de catacumbas acabaron en 1991, momento del inicio del Nuevo Fado con la aparición del primer disco de Mísia, revolucionaria e incomprendida en su país, y, al año siguiente, el de Paulo Bragança, el fadista punk. Con ellos el género adquiere modernidad y conecta con generaciones de jóvenes. Mísia construye una carrera internacional de éxito, de Francia a Estados Unidos, que luego recorrerán otras fadistas como Mariza, Carminho, Ana Moura, Kátia Guerreiro, Cristina Branco o Raquel Tavares.

Desde entonces no hay ruptura generacional. En las casas de fado de Lisboa abundan intérpretes jóvenes que aspiran a una carrera de éxito como Beatriz Felício, que cantará este viernes en el Teatro Actual. Tiene 27 años, se graduó en Psicología y es hija de una radióloga a la que de niña espetó después de ver fado en la televisión: “Mamá, voy a ser Amália Rodrigues”. Felício empezó a prepararse en el Clube de Amigos do Fado de Chelas, donde también se inició Sara Correia. Acaba de publicar su primer disco, editado por el Museu do Fado, que trata de impulsar la carrera de los jóvenes con la grabación de un primer álbum que pueda servirles de presentación.
Felício canta en dos casas de fado emblemáticas, Parreirinha de Alfama y O Faia. Entre su público hay jóvenes. “Creo que surgió un bum cuando se declaró Patrimonio de la Humanidad y ahora este fenómeno de ir a buscar las raíces de la tradición está haciendo que más jóvenes se interesen por el fado”, cuenta por teléfono desde Lisboa.

Los conciertos de Sara Correia o António Zambujo revelan esa conexión con público transversal. Sara Correia llenó esta primavera el MEO Area, de Lisboa, el escenario más grande del país, lo que la consolida como el último fenómeno masivo de la canción tradicional portuguesa. Zambujo, que se inició en el fado y el cante alentejano, lleva años llenando estadios y creando himnos populares con canciones que eluden el corsé de los géneros. El cantante llega al Teatro Actual de Madrid después de una gira por Brasil. Su nuevo disco, Oraçao ao Tempo, el duodécimo, incluye un dúo con Caetano Veloso, otra constatación de su profunda conexión con la música brasileña.
