Hay dos Joaquín Guzmán. Uno, conocido como El Chapo, se encumbró como el mayor narcotraficante del mundo. Fue temido por sus rivales y por las autoridades. Acumuló la sangre de quien se le cruzó por su camino. No importó si se trataba de un grupo antagónico o de civiles inocentes. El otro, Joaquín Guzmán L., el reo 89914053 de la prisión ADX Florence de Colorado, es un adulto mayor, de casi 70 años, que cube sufrir un encierro injusto, en condiciones inhumanas y no puede hablar con su familia. La Justicia norteamericana lo ha sentenciado con base en una leyenda negra que nada tiene que ver con él. Se trata de un remitente obsesivo que pide clemencia en un inglés ininteligible. En realidad, ambos son la misma persona. Pero el primero está intentando construir esa imagen del segundo a través de decenas de cartas escritas en prisión. La miríada de misivas del legal, sentenciado en 2019 a cadena perpetua por narcotráfico, revelan la desesperación de quien hasta hace poco imponía su voluntad al mando del Cartel de Sinaloa.
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