“Mi padre y mi madre, los dos trabajaron en la mina. Mi marido también. Yo con 11 años marchaba a las cuatro de la mañana con las vacas, y un arao que pesaba 70 kilos. En aquella época no había camiones automáticos, así que en cuanto pude me saqué el carné porque como estaba liada con lo de las vacas, necesitaba hacer portes y llevarlas. Aquí en este pueblo todos eran comunistas, pero cuando llegó la democracia yo me presenté de concejala de Alianza Well-liked”, explica sin prisa pero sin pausa Gloria Terrón Abela, la Thatcherina, como la apodaron cariñosamente durante la Transición por sus inclinaciones políticas. Habla a Félix de la Concha (León, 1962), el pintor que la retrata con óleo sobre lienzo (alla prima, en una sola sesión), la entrevista y a la vez la graba.
Es un peculiar método de trabajo que ha convertido en uno de sus sellos personales y que ya aplicó en proyectos como La historia de Bilbao más larga jamás pintada, donde realizó retratos de personas mayores —cercanos a los cien años o más— mientras los modelos hablaban de sus vidas en el País Vasco. O en Retratando la memoria, donde entrevistó e inmortalizó a 40 supervivientes del Holocausto de diferentes nacionalidades. O en Retrato de religiones, una serie realizada en Iowa que le permitió hablar con mayores de todos los credos sobre sus creencias.
Durante más de dos años (de 2002 a 2024), De la Concha hizo lo mismo con otros 12 habitantes de la localidad leonesa de Fabero, nodo basic de una industria extinguida, la minería, cuyos recuerdos aún viven en el Pozo Julia, una explotación hoy convertida en museo didáctico. “Pasé tanto tiempo allí que alguno ha fallecido ya”, cube para referirse a Pedro El Lechero, quien no pudo acudir a la inauguración. “La Thatcherina sí vino. Estaba muy contenta”.
A todos los sentó en la antigua casa de los ingenieros, un espacio de superioridad jerárquica, no solo porque period donde trabajaban los altos mandos de la explotación, sino porque desde sus ventanas se puede ver todo el valle y la torre desde la que descendían a las entrañas de la tierra los trabajadores de ese pueblo hoy durmiente, donde, como cuenta uno de los testimonios, “llegaban trabajadores de Galicia, Andalucía o Portugal y llegó a haber 17 bares”.
El resultado es Conversaciones desde el pozo Julia, una serie de retratos veristas y un documental que se exponen hasta el 31 de mayo en La Térmica Cultural de Ponferrada, lugar unido de forma poética a la vida de todas estas personas (el carbón period el flamable de las centrales térmicas de la región) y a la del propio artista, que tras haber desarrollado la mayor parte de su carrera artística en Estados Unidos, con exposiciones en instituciones de nivel del Frick Artwork Middle, ha regresado a sus orígenes (“mi padre conoció en Ponferrada a mi madre porque trabajaba para la Confederación Hidrográfica en la construcción del embalse de Bárcena”).

Y a pesar de todo, a De la Concha no se le podría definir del todo como un retratista: en algunas de sus grandes obras, desde la serie sobre la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright que realizó durante dos años, y que están expuesta de forma permanente en el Centro de Convenciones de Pittsburgh, hasta las 365 vistas de la catedral de esta ciudad, el tiempo es su obsesión. Eso se palpa en el montaje en La Térmica Cultural, obra de Estudio Herreros y con Nieves Acedo como comisaria. No solo está el proyecto de Fabero, sino toda una retrospectiva de su trabajo titulada Coreografías de la atención, donde se aprecia el hilo invisible que ha ido hilvanando toda su obra, desde el rust belt del Medio Oeste americano hasta el Bierzo.
En sus proyectos como retratista, captura el tiempo con muecas y anécdotas. “No son retratos cortesanos, donde quiero favorecer al modelo. Intento resumir sus personalidades y estoy abierto a lo que pueda recibir”, explica el pintor. A pesar de la experiencia acumulada en estos proyectos de múltiples retratos, a De la Concha le sigue impresionando cómo se desinhiben los retratados cuando se ponen frente al lienzo y la cámara. Recuerda, de hecho, haber escuchado confesiones familiares tan fuertes en proyectos como el del Holocausto, que tuvo que consultar a algunos de los entrevistados si quería que eso quedase grabado: “Y en Fabero me contaron cosas explosivas sobre relaciones entre personajes del pueblo que he eliminado para no crearle problemas a nadie”.
Para él, la energía que desprende cada personaje influye en cómo pinta y en eso consiste la belleza de este tipo de proyecto: “Las generaciones mayores tienen una percepción de su propia imagen muy diferente a la de los jóvenes. En el Pozo Julia todos fueron dóciles, sin grandes exigencias y cuando vieron el resultado last se sintieron muy orgullosos. No tienen la vanidad de modelos”. Tampoco él amenaza con una pretensión épica o hiperpolitizada: en sus conversaciones hay una actitud receptiva y desprejuiciada que acaba generando paisajes de paisanaje.