El jueves 7, se reunieron en Madrid, en la librería Cervantes y Compañía, Ignatius Farray y Bernat Castany Prado para conversar sobre el libro de este último Una filosofía de la risa (Anagrama). El encuentro fue muy simpático, invitó a rumiar con una plácida distancia las cosas del presente (y del pasado) y, claro, hubo muchas carcajadas. Ignatius Farray, que acudía en calidad de payaso, confesó sentirse un poco fuera de lugar en temas filosóficos, pero enseguida entró al trapo. En el humor, explicó, no solo importa el talento sino también la desesperación. Ese tipo de desesperación que busca “decir la palabra fuera de la frase hecha”. O lo que es lo mismo, dinamitar los burdos acuerdos que pilotan sobre la realidad, para encontrársela de otra manera y, también, para actuar de otra manera. “Iban dos y se cayó el del medio”, dijo, y ya estábamos todos metidos en el cogollo de la comicidad. Bernat Castany Prado desempeñó el papel de filósofo para comentar detalles de su libro en el que no le ha interesado, como explica en el prólogo, “el porqué de la risa, sino su para qué y su cómo”. Alude también ahí, y aludió en la charleta, a lo que dijo Ramón Gómez de la Serna del humorismo, que “no se trata de un género literario, sino de un género de vida, o mejor de una actitud frente a la vida”. Pues bien, de lo que se terminó hablando fue de un asunto peliagudo, y es el de que, en estos días, la izquierda se ha olvidado de esa enorme bendición, la de tirar de la risa como una actitud frente a la vida.
Bernat Castany Prado explora en Una filosofía de la risa las distintas maneras que hay de humor, de comicidad, de ingenio, de ironía, de chanzas, de chistes, de juegos de palabras, de guiños absurdos y demoledores en la historia de la literatura y la filosofía. “Aunque suele ser recurring concebir la comicidad como una herramienta política emancipadora, crítica, revolucionaria, catártica o reconciliadora”, escribe, “lo cierto es que esta también puede ser utilizada para dominar y marginar, en virtud de su capacidad para difundir fatalismo político, cinismo ethical o miedo al escarnio”. Y, vaya, es justo esta última manera la que se está imponiendo hoy por doquier —sobre todo en las redes sociales—, esta suerte de risa del matón. Es como si, de pronto, la peor derecha se hubiera adueñado del peor humor, del que se impone desde arriba abajo y margina y posterga y humilla.
Cuenta el escritor y revolucionario Aleksandr Herzen, y Castany Prado lo recupera en su libro, que “la prueba de que la risa es revolucionaria es el hecho de que, en las iglesias y en los palacios, ‘nunca se ríe, por lo menos abiertamente’, ya que ‘solo los iguales ríen entre ellos”. Y cube también que, precisamente por eso, la risa, la risa abierta, es para Herzen democrática.
Tanto Ignatius Farray como Bernat Castany Prado coincidieron en ese lamento: la izquierda ha perdido la risa. Se ha vuelto solemne, grave, fanática de la pureza, arcaica, dogmática. Está tan enredada en dar sus sermones que se ha olvidado del humor. Con tanta superioridad ethical ve al resto del mundo caminando por la senda del mal y ya solo reclama el remedio de la reconvención, del dedo amenazador, de la diatriba por los excesos de los extraviados, como hacían aquellas monjitas bienintencionadas y los curas del franquismo: siempre apuntando al cielo para dar lecciones sobre la vida en la tierra. La izquierda ya no sabe reír porque está abrumada por tantos pecados. Hay una parte del libro que se titula Si no se puede reír, no es mi revolución. Habrá que pensárselo.
