Hay un rasgo común en todo régimen autoritario y todo nacionalismo expansionista, y es la voluntad de reescribir la Historia para manipularla con el fin de afianzarse en el poder y hostigar a quien se le resiste. Vladímir Putin ha aplicado desde que hace 26 años llegó a la presidencia de Rusia la máxima orwelliana según la cuál “quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado”, y en los últimos días la ha llevado varios pasos más allá. Putin ha renombrado la academia de los servicios de seguridad rusos (FSB) en honor de Félix Dzerzhinski, padre de la temida Cheka, la antecesora directa del KGB. Coincidiendo con esta decisión, las autoridades rusas han inaugurado una exposición donde acusan a Polonia de “rusófoba”, y lo hacen precisamente en Katyn, un lugar donde en 1940 Stalin, tras pactar con Hitler, trató de aniquilar a toda la elite social, intelectual y militar polaca. Con el homenaje a la siniestra policía política de Stalin y el borrado de los crímenes de la época soviética, el presidente ruso trata de justificar lo injustificable para que los rusos acepten la represión pasada, y la presente, ante una fantasmagórica amenaza a la supervivencia del país proveniente del exterior.
Para Putin, la caída de la Unión Soviética en 1990 fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo”, y en su distorsión y uso propagandístico de la Historia ha demostrado una lealtad férrea a este diagnóstico. A Dzerzhinski, que dará nombre a la academia del FSB, se le considera responsable de cientos de miles de muertos y el “patriarca del gulag”, cuya estatua fue una de las primeras derribadas por los moscovitas al desintegrarse la URSS y el régimen comunista. Eran otros tiempos. La inauguración de la exposición en Katyn añade, a la ofensa y el olvido de las víctimas soviéticas del estalinismo, la de los vecinos polacos y ucranios, a quienes Moscú califica en la muestra de “nazis”, retomando uno de los eslóganes falsarios del poder ruso en la invasión de Ucrania. En Katyn fueron asesinados miles de prisioneros polacos en un intento de borrar cualquier posibilidad de recuperación del país invadido. Como en el caso de los homenajes a figuras del bolchevismo y el estalinismo, es un episodio que Putin tergiversa ante su opinión pública, dado que ha establecido un paralelismo directo entra la Segunda Mundial y sus actuales guerras imperiales.
El falseamiento de la Historia por parte de Putin no es del todo novedoso: es uno de los fundamentos de su ideología. Al inicio de su primera presidencia eliminó el himno de la Federación Rusa y lo sustituyó por el soviético, aunque con un cambio de letra. Durante estos años ha acusado a Polonia de provocar la guerra en septiembre de 1939, culpándola así del estallido de la contienda mundial y convirtiendo a la víctima en verdugo. En 2024 ordenó el cierre del Museo de Historia del Gulag de Moscú, donde se mostraban los horrores a los que sometía en Siberia el régimen comunista a los disidentes. En un giro grotesco del lenguaje, el museo reabrirá este año, pero con la denominación “museo del genocidio del pueblo soviético”. El mes pasado, los tribunales calificaron como organización “extremista” a Memorial, la gran asociación para la protección de la memoria histórica rusa, y condenar el período soviético es visto como antipatriótico. “La lucha del ser humano contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”, dijo el escritor Milan Kundera. El falseamiento de la Historia no es exclusivo de la Rusia de Putin en la period de la posverdad, pero él ha convertido el olvido en arma de manipulación masiva, contra su pueblo y contra sus vecinos.
