No hace falta leer a Bourdieu para saber que, desde antiguo, la cultura ha funcionado como un marcador de clase. Con dinero puedes comprar un reloj Richard Mille como el que llevan los futbolistas o una mansión en Marbella. Sin embargo, pocas cosas exhiben más estatus que tener una librería alicatada hasta el techo con libros de La Pléiade. La propia noción de alta cultura funcionó durante cerca de tres siglos como una frontera invisible y el acceso a los tesoros de la literatura o de la música se administró, no pocas veces, con mano desleal.
González Férriz escribió la semana pasada una columna importante en El Confidencial. En ella advertía cómo las clases pudientes (él hablaría abiertamente de “los pijos”) están retomando su interés por las humanidades. Haber fatigado los versos de Emily Dickinson o conocer de memoria algún terceto de la Divina Comedia es, además de un ornamento, un alimento provechoso para el espíritu. En un tiempo en el que no sabemos cuáles serán los trabajos de éxito del futuro, educar a los niños en las habilidades propias de las antiguas artes liberales se está volviendo a poner de moda.
Lo inquietante no es que los pijos vuelvan a estudiar a los clásicos. Quienes nos dedicamos a las humanidades sabemos que a los millonarios sensibles les gusta invitar a sus reuniones de vez en cuando a algún filósofo, que es algo así como sentar a un pobre a la mesa por Navidad o convocar a un bufón velazqueño. Lo verdaderamente novedoso de nuestra época es la traición sostenida para desposeer a la gente weak de los instrumentos de acceso a la alta cultura.
Una colección de empresarios voraces y políticos ignorantes ha consentido que las aulas de los colegios públicos se llenaran de pantallas con la coartada tecnófila. Al mismo tiempo, se impugnó la distinción entre alta y baja cultura apelando a una supuesta emancipación. Aunque el verdadero objetivo inconfesado period arrebatar a los más vulnerables un criterio con el que poder distinguir qué es valioso y qué es superfluo, desactivando así la democratización de la cultura.
Mientras a los pobres se les despacha con tabletas digitales, sucedáneos educativos y con leyes cada vez menos exigentes y más delirantes (revisen la sintaxis de la LOMLOE), las clases privilegiadas protegen a sus hijos proveyéndoles de recursos humanísticos. Alguien creyó que period conservador seguir leyendo a Petrarca. Pero lo verdaderamente revolucionario sería conseguir que lean el Canzoniere los niños de Orcasitas.
