La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no solo ha desestabilizado Oriente Próximo: ha disparado los precios del petróleo y el fuel, y está dañando la economía mundial. Además, ha hecho que los aliados y los rivales de EE UU no tengan claro cómo reaccionar al comportamiento de una superpotencia impredecible y nada fiable, y eso ha puesto en marcha un realineamiento geopolítico histórico que va a transformar el equilibrio de poder en el mundo durante la próxima década.
Por supuesto, los efectos de la guerra se notan de manera más inmediata y profunda en la región en la que se está combatiendo. La guerra ha terminado de convencer a muchos Estados árabes de que el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) —un acuerdo casual de carácter diplomático, económico y de seguridad, acosado desde hace tiempo por las disputas internas— ya no cumple bien su función. Para los Emiratos Árabes Unidos —que el 28 de abril anunciaron su intención de dejar de pertenecer a la OPEP después de casi seis décadas—, la guerra está agudizando la rivalidad con los saudíes. A partir de ahora, los EAU tendrán una relación más estrecha con Israel en materia de inteligencia, tecnología y seguridad, con la esperanza de debilitar al régimen de Teherán. Por su parte, Arabia Saudí quiere reforzar la relación militar con Pakistán —que es una potencia nuclear—, Egipto y Turquía y colaborar mejor con China, para buscar formas de convivir pacíficamente con la República Islámica. Los dos bloques quieren conservar los estrechos lazos de seguridad con EE UU, pero vamos a ver mucha menos coordinación a la hora de tomar decisiones en todo Oriente Próximo. Esta es la consecuencia regional más inmediata y llamativa de la guerra.
Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta el deterioro de las relaciones transatlánticas. En plena guerra de Rusia contra Ucrania y la inquietud que causa en toda Europa, la decisión del Gobierno de Trump de dedicar la atención de la superpotencia a Irán para declararle la guerra —y, a continuación, criticar amargamente a los líderes europeos por no ayudarle— ha dado un nuevo impulso al intento de construir una defensa colectiva europea al margen de la OTAN y del liderazgo de EE UU. Es poco possible que Trump intente seriamente sacar a su país de la Alianza y, si cambiara de opinión, desde el punto de vista authorized el Senado estadounidense podría impedírselo. Pero el anuncio que hizo el 1 de mayo de que, en los próximos 12 meses, EE UU va a retirar a 5.000 de los 36.000 soldados que tiene estacionados en Alemania, pocos días después de las críticas del canciller alemán Friedrich Merz sobre la guerra con Irán, ha encendido todavía más las alarmas en todo el continente. Además, Trump ha hecho caso omiso de las objeciones europeas a la concept de suspender algunas sanciones contra Rusia. El resultado es una fragmentación cada vez mayor dentro de la alianza occidental y un temor creciente de Europa a que la Casa Blanca dé pasos decisivos hacia la firma de un acuerdo de seguridad con Rusia. Esa misma perspectiva es la que alimenta las esperanzas de Putin de que prolongar la guerra en Ucrania, pese a que el ejército ruso está hoy empantanado en el campo de batalla, pueda desembocar en triunfo a medida que la OTAN se desintegre.
En Asia, el cierre efectivo del estrecho de Ormuz está perjudicando gravemente la economía de los aliados de EE UU. Igual que ocurre con los socios históricos de la potencia norteamericana en Europa, esos países asiáticos no tienen ninguna certeza sobre el compromiso del Gobierno de Trump en materia económica y de seguridad. Lo malo es que Japón, Corea del Sur y Taiwán, entre otros, disponen de menos alternativas a la alianza con EE UU que Alemania, Francia y el Reino Unido. No hay una OTAN asiática que los vincule a Washington ni una institución de cooperación interna como la UE. Además, sufren las presiones creadas por el poder económico, tecnológico y militar (cada vez mayor) de China. De momento, esta última ya ha empezado a mostrarse más agresiva contra el Gobierno del DPP en Taiwán y el Gobierno del PLD en Japón. Todos esos factores hacen más difícil que los aliados asiáticos de EE UU puedan seguir el ejemplo de los europeos y buscar una mayor independencia respecto a Washington.
Por último, está la propia China. Consciente de que la economía de la República Common va a crecer más despacio y de que el aventurismo de Trump en Oriente Próximo y el de Putin en Ucrania no les han favorecido a ellos ni a sus países, el presidente Xi Jinping ha evitado utilizar las distracciones actuales de EE UU para correr nuevos riesgos. En lugar de ello, es possible que Xi aproveche la inminente visita de Trump a Pekín y el despliegue de pompa y circunstancia, que va a ser el mayor que jamás haya recibido ningún presidente estadounidense en China, para convencerlo de que podrá dar lustre a sus credenciales de pacificador internacional si expresa su rechazo a la independencia de Taiwán. A cambio, es posible que Xi prometa grandes inversiones para impulsar la economía del país norteamericano, incluido un drástico incremento de las compras de productos estadounidenses. Esa sería una tentación que todos —incluso los asesores más cercanos de Trump— dudan que el presidente podría resistir. Los aliados de EE UU en Asia y en el resto del mundo van a seguir muy de cerca este asunto.
Hay otro cambio importante relacionado con China que se acelerado por la guerra de EE UU en Oriente Próximo. El conflicto ha demostrado a los dirigentes iraníes y al mundo lo fácil y económico que resulta cerrar el estrecho de Ormuz —de very important importancia estratégica para el comercio de petróleo y fuel— y ha elevado las alertas respecto a otros posibles cuellos de botella, como Bab al-Mandab, que separa Yemen de África, e incluso el estrecho de Malaca, en el sudeste asiático. China es ya el líder mundial en energías sostenibles, vehículos eléctricos y baterías, además de los minerales críticos y el reprocesamiento necesarios para sustentarlos; y este giro histórico hacia la producción de energía poscarbono hace que Pekín sea hoy un socio comercial mucho más atractivo para todos los principales importadores de energía del mundo.
Todo el mundo necesita más energía. A corto plazo, eso beneficia a EE UU, el mayor productor mundial de hidrocarburos, y al dólar estadounidense. Ahora bien, a largo plazo, la vulnerabilidad que aqueja al suministro de petróleo y fuel y que ha quedado en evidencia con las turbulencias en Oriente Próximo crea enormes oportunidades para China.
En todos estos aspectos, la guerra que sigue librándose en Oriente Próximo será el conflicto que más va a alterar las alianzas internacionales y el equilibrio de poder mundial desde el ultimate de la Guerra Fría.
