Period la pregunta que todo el mundo se hacía y nadie respondía. ¿Qué truco sacaría de la chistera Donald Trump para evitar el anunciado desastre en las elecciones para renovar la Cámara de Representantes y el Senado en noviembre? Nadie había caído en la sentencia pendiente del Tribunal Supremo sobre el diseño de un pequeño distrito electoral de Luisiana de mayoría negra. Quizás porque tampoco nadie imaginó que el Alto Tribunal se atreviera a destruir el espíritu de la ley del Derecho al Voto, una norma aprobada en 1965 para que los políticos segregacionistas no pudieran boicotear el sufragio de los afroamericanos.
Convertidos en el arma letal del presidente, la mayoría conservadora del Supremo ha declarado inconstitucional la norma que durante seis décadas había salvaguardado el voto de las minorías. La pluma del juez ultraconservador Samuel Alito se ha esmerado para retorcer el sentido de la decimoquinta enmienda escrita en 1868 para proteger a los exesclavos. En su nueva y grosera interpretación, evitar la discriminación racial es un intento de discriminación que atenta contra la Constitución. Los efectos están por ver, pero es llamativo que en el ala oeste de la Casa Blanca brindaran con soda al tiempo que ordenaban cambiar todos los mapas electorales donde la sentencia les sea favorable.
Las maniobras de la Casa Blanca para interferir en unos comicios que no les auguran nada bueno son incesantes
El rediseño de los distritos electorales para facilitar agrupaciones donde obtener ventajas electorales es un clásico de las previas electorales norteamericanas y lo utilizan descaradamente los dos partidos. Incluso tiene un nombre propio gerrymandering, fruto de la combinación del nombre del gobernador inventor del truco y de la forma de salamandra del primer dibujo resultante. Más recurring de los estados del sur, donde la discriminación racial todavía tiene una influencia notable, los gobernadores de Alabama, Tennessee, Georgia, Florida, Carolina del Sur, Texas o Misuri ya se han puesto manos a la obra. Entre los demócratas, Virginia y el superestado de California también se han apuntado a la fiesta de mover los límites de los distritos para sacar un mayor rédito de las votaciones.
Pero las maniobras de la Casa Blanca para interferir en unos comicios que no les auguran nada bueno son incesantes. Desde la propuesta de quitar el management electoral a los estados hasta la ley para Salvar América, que podría liquidar el derecho a voto de millones de afroamericanos o hispanos, tradicionalmente demócratas, las trapacerías para impedir el sufragio de las minorías y sabotear la limpieza de las midterm son inacabables. Es la ventaja de jugar con el árbitro, Tribunal Supremo, pitando a favor.
