Vuelvo a Madrid y todo sigue en su sitio: las calles, los bares, la luz de siempre. Y, sin embargo, algo ya no encaja igual. Recuerdo cuando ese period todo mi horizonte. Un sueldo de poco más de 1.100 euros al mes, insuficiente para construir nada estable, planes que se aplazaban, esa sensación de estar siempre a punto de empezar algo que nunca terminaba de llegar. No period infelicidad. Period más bien una espera larga, silenciosa. Hace cinco años me fui. No por valentía. Más bien por agotamiento. Cambié de idioma, de clima, de costumbres. Perdí cercanía, espontaneidad, parte de lo que hacía fácil la vida. Gané otras cosas más lentas: estabilidad, margen, futuro.n Luxemburgo no tiene el sol de Madrid ni su manera de estirar las tardes. A veces echo de menos esa ligereza. Pero aquí, siendo el mismo, la vida empezó a moverse. No siempre hay alternativas. O no son justas. Pero a veces existen, aunque impliquen dejar atrás más de lo que uno querría. Y entonces la pregunta cambia: no es si compensa irse, sino qué precio tiene quedarse
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