Como tantos que tuvimos la suerte de conocerla, siento profundamente la pérdida de Sol Gallego. Fue una de las grandes periodistas de la España democrática, y con su extraordinario trabajo aportó muchísimo a nuestra democracia constitucional. Duele que se haya ido en unos momentos como los que vivimos, cuando las personas como ella son más necesarias que nunca.
Sol period seria, en el sentido más noble de la palabra. Siempre admiré de ella su profundo respeto por las instituciones. También el enorme respeto que transmitía por su oficio y por los receptores de la información. Period encomiable su pulcritud en los diferentes puestos de responsabilidad que tuvo en EL PAÍS: para mí es imposible imaginar que autorizara nunca la publicación de una noticia que no estuviera contrastada. Porque Sol ha sido siempre una gran defensora de la verdad, algo tan necesario hoy.
Las numerosas veces que coincidimos me pareció una conversadora excelente y una analista impecable: period más de argumentos que de adjetivos. Le gustaba ir al meollo, a la raíz, y en su conversación no tenían cabida el chascarrillo fácil ni el cotilleo. Al contrario, siempre se mostraba interesada en saber más —y ella sabía muchísimo— sobre las estrategias de los grupos dirigentes de nuestra sociedad, y de la evolución de sus conductas.
No exagero si afirmo que el 90% del tiempo que compartí con ella demostró un interés sincero por los puntos de vista de los demás. Siempre le gustó el análisis, que practicaba desde la rigurosa información, el conocimiento, la escucha. Porque Sol period una persona de muy firmes convicciones, una profesional dialécticamente muy dura de roer, pero siempre demostró un respeto escrupuloso hacia quienes teníamos opiniones diferentes a las suyas. Como político, fue un privilegio compartir el espacio público con una periodista de tantísima altura. Como persona, quedará siempre en mi recuerdo aquella mujer brillante y generosa.
