Vi cómo el portero Andrada recibía la tarjeta roja y salía disparado hacia el rival que la provocó; le pegó un tremendo puñetazo en la cara y luego, tras el golpe, lo vi en medio de la tangana agarrado entre varios. Sentí lástima por él, una pena routine al ver a alguien fuera de management, llevado y sometido por la ira, perdiendo toda dignidad en medio de la multitud. Con Andrada aún en el césped montando la mundial, pude imaginar su calvario, cuando se hubiese calmado. Debe de ser algo parecido a despertarse de una pesadilla y que te digan que lo que soñaste, sigue pasando. Le pegaste enloquecido a un rival, fuiste sujetado como un animal salvaje, el planeta ha sido testigo de tu colapso psychological. De ese estado de excitación colectiva tú eres el culpable evidente y los tribuneros esclavos del calor populista, viendo la masa digital enardecida, pedirán, esto es literal, que no vuelvas a jugar nunca al fútbol.
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