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    Home » Más bienestar, más Estado y más sindicatos: una nueva vía económica frente a la ola trumpista | Ideas
    Economía mundial

    Más bienestar, más Estado y más sindicatos: una nueva vía económica frente a la ola trumpista | Ideas

    morshediBy morshediApril 26, 2026No Comments12 Mins Read
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    De todas las sentencias, escritas o atribuidas a Antonio Gramsci, tal vez la más acorde a este tiempo en la economía mundial es aquella que decía: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Estos son muchos y diversos. El mundo afronta una difícil transición entre el fin de la hegemonía del ideario neoliberal, identificado de forma más o menos precisa con aquel llamado Consenso de Washington, y un nuevo modelo que no acaba de configurarse. En el entreacto, han asomado los monstruos, un golpe al orden world que había regido desde la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de economistas ha construido ahora una alternativa, que abraza al mismo tiempo el comercio world y a los sindicatos, que apoya el management de los déficits públicos pero resalta el papel del Estado en el capitalismo. Lo han llamado, con toda la intención, el Consenso de Londres.

    El de Washington no period, en realidad, un consenso common, ni se creó en Washington como un evangelio para el mundo. El término lo acuñó el economista ­John Williamson en 1989 dentro de un documento de trabajo que preparó para una conferencia sobre las medidas que resultaban convenientes para que América Latina lidiara con la grave crisis de deuda que sufría desde mediados de los años ochenta. Williamson elaboró una lista de 10 políticas liberalizadoras bendecidas por las dos grandes instituciones económicas radicadas en la capital de Estados Unidos —el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial— que se establecieron como requisitos para ayudar a una región que había experimentado años de fallida intervención estatal.

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    El autor no podía imaginar entonces que aquel paper pasaría a la posteridad como los mandamientos escritos en piedra de forma common y pasó muchos años después aclarando conceptos. “No fue formulado como una prescripción de políticas para el desarrollo”, señalaría Williamson en 2004, sino como un conjunto de principios para “describir” una agenda de formas de actuación que, como él mismo admitía, eran “razonables, aunque incompletas”. Nada que escapase a la bendición de aquel institution dominante formaba parte del decálogo y este, además, iba dirigido a un contexto latinoamericano muy concreto.

    El clima político del momento —con una Administración de Clinton (1993-2001) mascarón de proa de la globalización— contribuyó a simplificar ese consenso en dos concepts: privatizar al máximo y reducir el papel de los Estados al mínimo. Estas medidas se aplicaron de forma aislada e incorrecta al tiempo que potencias emergentes como China y la India estaban integrando a pasos agigantados sus economías en el sistema world. Y ese Consenso de Washington, convertido en doctrina dominante, no ha dejado de provocar críticas y debate. Durante años, alertar de los efectos negativos de la globalización conllevaba acusaciones de negacionismo, pero el parte de guerra de los damnificados acabó resultando demasiado evidente. Cuando bajó la marea (de la euforia financiera e inmobiliaria), pudimos ver cuánta gente estaba desnuda, según la imagen que solía utilizar Warren Buffett. Y, sobre todo a raíz de la Gran Recesión de 2008, el neoliberalismo radical acabó en el banquillo de los acusados.

    Casi cuatro décadas después, un nutrido grupo de expertos de diferentes vertientes académicas e ideológicas, aunque todos con algún tipo de vinculación con la London College of Economics, decidieron elaborar una versión alternativa a todo esto. A partir de una conferencia celebrada en 2023, los profesores Andrés Velasco y Tim Besley organizaron 15 grupos de trabajo con una pregunta: ¿Qué hemos aprendido desde 1990, cuando surgió el Consenso de Washington? Y la respuesta cobró la forma de un libro editado el pasado mes de noviembre con título fácil de imaginar: The London Consensus. Economic Principles for the 21st Century (el Consenso de Londres. Principios económicos para el siglo XXI, sin publicar al español). Algo más de 600 páginas estructuradas en 17 capítulos en los que, además de los inspiradores del proyecto, participan firmas como el economista turco Dani Rodrik, gran analista también de la política que anticipó los riesgos de la hiperglobalización antes de la Gran Recesión, cuando pocas voces de la academia lo hacían; el francés Philippe Aghion, Nobel de 2025 por su trabajo sobre el proceso de crecimiento y la destrucción creativa; Christopher Pissarides, chipriota, Nobel en 2010 y experto en el mercado de trabajo; la francesa Hélène Rey, experta en política monetaria recién nombrada jefa del departamento de Economía del Banco de Pagos Internacionales, o Ricardo Haussman, exministro venezolano exiliado en EE UU y profesor en Harvard, entre otros.

    Un barco cargado de contenedores de comercio exterior en la bahía de Jiaozhou, China, el pasado 13 de abril. Costfoto / NurPhoto / Getty Pictures

    Una vía con vocación prescriptiva

    Como ocurrió en 1989, no es un consenso propiamente dicho, pero sí tiene vocación prescriptiva. “Hicimos este libro precisamente porque sentimos que los gobiernos y líderes políticos no populistas, ya sean de centroizquierda o de centroderecha —­póngase la etiqueta que se quiera— se han quedado sin guion, sin programa, y dan palos de ciego. Este libro es un intento para darle a esos gobiernos no populistas, no autoritarios, un guide o una guía que los ayude a formular políticas y a combatir las locuras que están ocurriendo”, explica el profesor Velasco, que fue ministro de Finanzas de Chile con el Gobierno de Michelle Bachelet. Velasco está llevando a cabo una intensa campaña de difusión sobre este marco, con una gira que le ha llevado por medio mundo (Washington, Nueva Delhi, Buenos Aires, Ciudad de Panamá o Sao Paulo) y que el 11 de mayo recalará en Madrid.

    Estos días se cumplen cerca de dos meses de guerra con Irán. El estrecho de Ormuz, por el que transita una quinta parte del gasoline y el petróleo que se eat en todo el mundo, ha sido bloqueado por el régimen de Teherán y por Estados Unidos. El conflicto en Oriente Próximo, iniciado por Israel y también por Estados Unidos, ha escalado. Donald Trump pronuncia palabras gruesas. Con el fin de presionar para un acuerdo rápido, ha amenazado con arrasar el país entero. Hoy sigue la contienda y la incertidumbre, las previsiones de las grandes economías se han revisado a la baja y la volatilidad se apodera de los mercados. Aunque el issue Trump como agente de desorden empezó mucho antes, con la guerra arancelaria, y su desafío specific al multilateralismo y las reglas surgidas tras la II Guerra Mundial.

    Trump no es un apóstol del Consenso de Washington, tampoco lo enmienda en la totalidad. En términos de desregulación y privatización de servicios y agencias públicas, se ha mostrado entusiasta, pero incumple en disciplina fiscal, pues sus recortes agresivos de impuestos han elevado el déficit público y, evidentemente, actúa en contra del principio de apertura comercial whole.

    El Consenso de Londres busca algo parecido a la tercera vía o, tal vez, una nueva doctrina que abandona aquel falso consenso de hace cuatro décadas pero se erige en alternativa al trumpismo. Cinco principios generales son el andamiaje de este nuevo marco:

    1. No se trata solo de dinero, el bienestar es clave. Lo que produces, cómo lo haces (el tipo de empleo necesario) y dónde, importa. No todos los males económicos o sociales pueden resolverse en la fase de redistribución posterior a la producción, algunos deben corregirse antes.

    2. El crecimiento importa, pero también el lugar donde ocurre. El crecimiento tiene efectos positivos más allá de la creación de empleo, el aumento salarial o el consumo, revierte también en ingresos del Estado que puede mejorar el Bienestar y la formación de la sociedad. Hay un “gran argumento”, sostienen los expertos, en aplicar políticas de innovación activistas.

    3. El Estado es un asegurador de último recurso. Asegurador, en el sentido de dar seguridad. El Consenso de Washington se centró solo en la necesidad de controlar la volatilidad macroeconómica fruto de políticas fiscales irresponsables, pero es necesario ejercer este papel ante todo tipo de volatilidad, como en materia medioambiental.

    4. No hay buena economía sin buena política. Esta es la que debe crear el ecosistema adecuado para el desarrollo de la innovación y de la actividad.

    5. Un Estado capaz es el complemento esencial para todo. Muy vinculado con el punto cuatro. No solo el Estado no sobra, tampoco es un mero prestador de servicios de seguridad, salud y educación básicos. Es necesario “invertir en el Estado” para tener las estructuras adecuadas.

    De Izquierda a derecha y de arriba abajo: Christopher Pissarides; Ricardo Hausmann; Andrés Velasco; Philippe Aghion; Hélène Rey y Dani Rodrik.

    Lo primero que llama la atención de esta lista es que en dos del whole de cinco se resalta el papel de los poderes públicos no como problema precisamente, sino todo lo contrario. “Crecer exige mucho más que sacar al Gobierno de la cancha”, apunta Velasco, a quien el debate de más o menos Estado le parece propio de otro tiempo. “No se trata de si el gasto público es un 40% o un 50% del PIB”, añade. Philippe Aghion y John Van Reenen abordan este papel público cuando analizan la productividad verde e inclusiva. Aghion lleva un cuarto de siglo estudiando cuáles son las condiciones bajo las cuales una economía crece y, muy resumido, explica que hay un ecosistema que lleva a la innovación, que es la llave para mejorar la productividad. Y ese ecosistema requiere un sector privado pujante, pero también de reglas de un Estado que opere como socio de la actividad privada, que provee de esos bienes y recursos para crecer.

    El trabajo de Aghion se solapa en parte con el análisis que elabora Dani Rodrik, la propuesta de un nuevo paradigma que bautiza “productivismo” y difiere del marco neoliberal; prioriza la diseminación de las oportunidades de la economía productiva por todos los sectores y regiones. Otorga ese mencionado papel fundamentado a los gobiernos y la sociedad civil para conseguir el objetivo y enfatiza la producción y la inversión sobre las finanzas, revitalizando las comunidades locales ante la globalización.

    El Consenso de Londres no desmantela todo lo establecido en 1989, mantiene la preocupación por la prudencia fiscal y la inflación, pero las novedades resultan evidentes. Tal vez, lo más provocador respecto a los viejos dogmas es su apoyo a los sindicatos. Estos no son vistos como un obstáculo a la flexibilidad, como muestra, por ejemplo, la flexiseguridad escandinava, sino como una manera de negociar mejoras importantes de productividad, y les otorga, de hecho, un papel que va más allá de la negociación colectiva. También hay una defensa de políticas de igualdad de género en los centros de trabajo —hoy convertidas en un desafío ante el Gobierno estadounidense— y programas de cuidado infantil y bajas por paternidad y maternidad, que no es algo common.

    El perfil socialdemócrata de muchas de las medidas que proponen resulta evidente, si bien sus promotores insisten en que este programa no sigue ideología alguna, que solo se centra en hacer “buena economía”, poniendo en valor el “pragmatismo” y el “gradualismo”. También difiere del consenso de 1989 en la relevancia que concede al problema de la desigualdad, lo que no es ninguna obviedad. El capítulo dedicado a ello se titula “¿Hay un nuevo consenso sobre desigualdad?”, y el encargado de elaborarlo es el profesor brasileño Francisco H. G. Ferreira, que, spoiler, no, no ve ese consenso. Sí hay una asunción de la existencia de las brechas, pero la importancia que se le otorga a estas ha experimentado, a su juicio, un retroceso. Desde el segundo mandato de Trump, “esta conciencia no existe como tal, ni en desigualdad económica ni en otro tipo de desigualdades”, señala.

    Washington aparece en el centro de todo. La duda que plantean economistas como Branko Milanovic, un referente mundial en materia de igualdad, es si un set de principios pueden tener éxito en un mundo sin el apoyo de la mayor potencia mundial. El de Washington, recuerda Milanovic, fue un consenso entre una serie de organizaciones, y así se convirtió en “la ideología dominante”. “No creo que ahora tengamos nada que se parezca”, afirma. “Si los países occidentales, especialmente EE UU, entran en esta guerra de aranceles y elevan el proteccionismo, ¿cuál va a ser el Consejo del Banco Mundial o el FMI cuando vayan a Nigeria? ¿Vamos a liberalizar el comercio?”, plantea.

    El auge del proteccionismo

    El mundo ha experimentado un auge del proteccionismo, un fenómeno nacido a raíz de la inquietud que ha acabado despertando una desindustrialización que agravó la pandemia. En EE UU, la primera Administración de Trump inició la cruzada arancelaria, y Joe Biden mantuvo los gravámenes en lo que se refiere a China y lanzó un macroprograma para potenciar la industria del país. ¿Dónde está la frontera entre la política industrial nacional, a la que hoy por hoy se han abonado la mayor parte de las economías desarrolladas, y el nacionalismo económico puro y duro? ¿En que uno optó por usar el palo y el otro la zanahoria?

    Tampoco el retroceso proteccionista es puramente transatlántico. La propia UE —como han alertado el FMI, el Banco Central Europeo y el informe Draghi— mantiene “aranceles autoinfligidos”, usando las palabras de Christine Lagarde, en forma de barreras comerciales entre países miembros. El FMI calculó en 2024 que el efecto de esas barreras equivaldría a un arancel del 45% para mercancías y del 110% para servicios.

    La economía world se enfrenta a muchos problemas, pero también a asignaturas pendientes que no han sido creadas por el inquilino de la Casa Blanca, como el cambio climático, la irrupción de la inteligencia synthetic y la resistencia de los colectivos perjudicados por la globalización. Sin la cohesión social, concluyen también los defensores del Consenso de Londres, tampoco hay buena economía.



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