Todos los indicadores hacen pensar que el bipartidismo imperfecto regresa a España. Después de más de una década marcada por la mal llamada “nueva política”, la opinión pública demanda con más fuerza cada vez mayor estabilidad en las instituciones, especialmente en el gobierno, tanto central como regional, cuya gobernanza ha estado muy condicionada por las minorías tanto de izquierda radical como de derecha extrema.
Se trata de una buena noticia, especialmente por la economía, porque no en vano España ha vivido la mejor etapa de su historia con gobiernos mayoritarios. Un periodo de casi cuarenta años donde ha funcionado la democracia parlamentaria. Un tiempo en el que se ha permitido gobernar al partido que más escaños había conseguido, que buscaba en el Parlamento los apoyos necesarios para aprobar las leyes y los presupuestos a través de la negociación. Aquello que se podría denominar la cultura del pacto y que saltó por los aires con el famoso “no es no” de Pedro Sánchez.
Investidura
La inestabilidad y la falta de presupuesto ha sido la tónica normal de los gobiernos de coalición, tanto estatales como autonómicos
La fórmula empleada por los socialistas para encaramarse al poder a pesar de perder las elecciones no ha funcionado. La muestra más palpable es que no ha podido aprobar los presupuestos del Estado en toda una legislatura. Sánchez ha sido un presidente de investidura más que de gobierno, ya que durante este periodo no ha podido sacar adelante la mayor parte de su programa electoral. Ha estado a la merced de lo que le imponían los partidos independentistas vascos y catalanes y de la extrema izquierda. Esto explica que al ultimate se haya tenido que refugiar en la política exterior para encontrarse consigo mismo. Como le ha ocurrido a la mayoría de los presidentes de gobierno de la transición, cuando las cosas les iban mal preferían hablar de Siria en lugar de Soria.
Al líder de la oposición, Alberto Núñez Feijoó, le ha pasado un tanto de lo mismo. Solo en aquellas comunidades y ayuntamientos donde ha tenido mayoría absoluta ha podido gobernar de acuerdo con su programa electoral y sus principios. Es el caso de Madrid, Andalucía o Galicia, donde la gobernanza ha sido satisfactoria para sus ciudadanos, como han puesto de manifiesto las sucesivas elecciones celebradas. Para el PP la hipoteca de Vox ha sido una auténtica pesadilla y así se ha puesto de manifiesto en Extremadura, Castilla y León y Aragón, donde la inestabilidad y la falta de presupuestos ha sido la tónica normal. Como ha confesado en privado el presidente de Andalucía, Juanma Moreno, no puede dormir pensando en que tiene que gobernar con la extrema derecha.
Ciudadanos, Podemos, Sumar o Vox han fracasado por sus excesos y por sus errores. Nunca aceptaron ser partidos bisagra que ayudaran a mejorar el clima político y abriesen el debate y el pacto. Por el contrario, han intentado imponer sus criterios a la mayoría. Su gestión en los lugares donde han tenido alguna responsabilidad ha sido manifiestamente mejorable. En economía su aportación ha sido más negativa que positiva, como se ha puesto de manifiesto en vivienda, laboral, pensiones o legislación fiscal. Y todo ello sin hablar de déficit o deuda, donde España ha quedado relegada como uno de los países más endeudados del mundo. Y todo ello les ha pasado factura electoral.
La última encuesta del CIS de Félix Tezanos no puede ser más contundente. Pedro Sánchez ha dado
el abrazo del oso a los partidos a su izquierda. Es muy related a lo que hizo Felipe González en los años de la transición con el PCE de Santiago Carrillo. Se convirtió en líder indiscutible de la izquierda relegando a los comunistas a la marginalidad. Por su parte, Núñez Feijóo, desde el centro, está neutralizando al líder de la extrema derecha, Santiago Abascal. Seguimos.
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