Escribo (en el ordenador, como en las grandes ocasiones) en Baños del Carmen, el lugar en el que leí Retorno a Tipasa, las diez páginas en las que Albert Camus describe el tiempo pasado sobre las ruinas que inspiraron su Bodas en Tipasa. Había celebrado Camus, cuando tenía poco más de veinte años, el azul del Mediterráneo en el que se sumergían él y sus amigos rodeados de ruinas romanas, la gracia y belleza de la juventud que todo lo disculpa, la felicidad espontánea e imprudente, y dejaba una lección principal que luego serviría para mover su mundo y el de sus lectores: hay que vivir sin trascendencia, pero con intensidad.
Quince años después, Camus regresa a Tipasa para escribir uno de los párrafos más bellos de la literatura common, ese en el que cube que hay que guardar siempre intactas dentro de uno mismo una frescura y una fuente de alegría, y que las ruinas de Tipasa son “más jóvenes que nuestras obras en construcción o nuestros escombros”. De los mundos que empezaban siempre con una luz nueva, y esa última frase célebre, la de que en mitad del invierno había aprendido por fin que había en él un verano invencible. Hay un cambio sustancial entre ambos libros: la felicidad no desaparece con el paso de los años, pero deja de ser free of charge; el tiempo ya no se disuelve, sino que se acumula; el cuerpo no se celebra y exhibe, sino que se protege.
Me hace gracia pensar que en la misma década en que el joven Camus cuenta los placeres de Tipasa, Scott Fitzgerald publica Babilonia revisitada, un cuento autobiográfico en el que regresa al bar del Ritz de París de los años veinte y se encuentra, de bruces, con unas ruinas que no tarda en reconocer: las de él y su mujer, la de sus amigos, las ruinas de la alegría que no vuelve. Uno iba, el otro volvía; uno, con vigilante esperanza, el otro, con el desencanto desgarrador del alcohólico que se ha quedado, como siempre, solo. Vuelo a Argelia dentro de unas semanas para comprobar, desde las ruinas, si en Tipasa, como escribió Camus, uno es consciente de que nunca se aproximará lo suficiente al mundo, y que la única gloria es el derecho a amar sin medida.
