Cuando Innocence se estrenó en 2021 en el Pageant d’Aix-en-Provence, el crítico de EL PAÍS Luis Gago escribió: “Si todavía hay quien piensa que la ópera es un género caduco o anacrónico, sin encaje posible en el mundo precise, en cuanto vea y escuche Innocence cambiará de inmediato de opinión”.
No hay un lugar en el que tenga mayor relevancia lo que cuenta la ópera de la finlandesa Kaija Saariaho, las secuelas de la matanza en un instituto, que en Estados Unidos. El Metropolitan la estrenó el 4 de abril y esta semana aún le quedan tres representaciones. En Nueva York, el aplauso ha sido de nuevo unánime para una obra (“Llamada para hacer historia”, consideró Gago) que quedó, tras el fallecimiento de Saariaho dos años después de su estreno en Francia −en el que salió a saludar en silla de ruedas, ya muy enferma−, como el canto del cisne de una gran dama de la composición europea.
A la representación matinal del sábado pasado, le siguió una gran ovación en pie de varios minutos para los intérpretes y para Susanna Mälkki, que dirige la orquesta con determinación. También, el escalofrío del público, advertido por el programa de mano de la dureza del tema, tras asistir a la representación de una historia demasiado acquainted en el país de los tiroteos masivos.
Está, por supuesto, la intimidad de esta sociedad con la epidemia de la violencia armada, cuya expresión más brutal se manifiesta con regularidad en tragedias en centros educativos de pueblos y ciudades en los que los niños aprenden pronto a fuerza de simulacros qué deben hacer en el caso de que un pistolero irrumpa en sus escuelas. Pero también está la profundidad con la que el libreto aborda el tema en toda su complejidad.
Obra de la laureada novelista finlandesa Sofi Oksanen (autora de Purga), con la adaptación del dramaturgo Aleksi Barrière, hijo de Saariaho, Innocence mezcla en varios idiomas (del francés al inglés y del español al rumano) el día de la tragedia con sus heridas, aún abiertas 10 años después. Es entonces cuando el autor de la matanza, parapetado tras un nuevo nombre, sale en libertad de la prisión en la que entró siendo un menor.

La trama transcurre en cinco breves actos sin intermedio en el inside de un elegante ingenio escenográfico, que, concebido en varios planos por Simon Stone, va girando lentamente mientras muta imperceptiblemente. La historia se fija en los traumas de los supervivientes y también en la responsabilidad de las víctimas; en la culpa de aquellos que esquivaron los disparos; y, particularmente, en el dolor de dos personajes que interpretan, respectivamente, las estrellas del montaje: la mezzosoprano estadounidense Joyce DiDonato y la joven estrella pop finlandesa Vilma Jää, especialista en cantos folclóricos finoúngricos. DiDonato es una madre que perdió a su hija (Jää) y acepta sin saberlo un trabajo como camarera en la boda del hermano del asesino que resucita sus peores recuerdos.
Innocence también se detiene, impulsada por la música concisa y ajena a sentimentalismos de Saariaho, en los remordimientos de la familia del tirador, una presencia fantasmal. ¿Pudieron sus padres hacer más por evitar la tragedia? ¿Tiene su hermano derecho a dejar aquellos terribles hechos atrás y embarcarse en una nueva vida con la mujer con la que se casa, a la que ha ocultado hasta ahora su pasado?
Un debate urgente
Esa parte es la más sobrecogedora e inesperada. No es tan común ver los debates más urgentes sobre un asunto de actualidad subirse al escenario de un teatro de ópera. La responsabilidad de los padres del monstruo es un asunto que, desde el estreno de la ópera, se ha colocado en el centro de la discusión sobre los tiroteos masivos en Estados Unidos, en vista de que el management de armas parece muy lejos del alcance de una sociedad forjada sobre el derecho a poseerlas.

Seis meses después de la première en Aix-en-Provence, un muchacho de 15 años llamado Ethan Crumbley entró en su instituto del norte de Detroit con una pistola de 9 milímetros que su padre le acababa de comprar como regalo de Navidad por adelantado. Mató a cuatro estudiantes de entre 14 y 17 años, e hirió a otras siete personas.
Nada resulta demasiado excepcional en esa historia en un país en el que entre 2008 y 2024 se registraron 794 tiroteos masivos en centros educativos, según datos cruzados de las bases de datos de Gun Violence Archive, Everytown y Education Week. O en el que, de las 10 matanzas más graves de la historia, dos ocurrieron en escuelas de primaria, la de Sandy Hook en 2011 (26 muertos), y la de Uvalde, en Texas, donde en 2022 murieron 19 niños y dos profesoras.
Lo extraordinario de aquella tragedia es lo que vino después, cuando un jurado hizo responsables a los padres del chico, cuyas estridentes señales de alarma no supieron (o no quisieron) ver. Les cayeron 15 años de cárcel, por más contradictorio que pueda resultar que al asesino lo juzgaran como a un adulto responsable de sus actos para poder condenarlo a cadena perpetua.

Aquel precedente sirvió para que un juzgado hallara en marzo pasado culpable a Colin Grey, padre de un muchacho de 14 años que mató en 2024 a cuatro personas (dos alumnos y dos profesores) en un instituto en Georgia. Grey, que también le regaló la pistola a su hijo, conocerá su condena en julio. El padre de Innocence (interpretado en el Met por el barítono estadounidense Rod Gilfry) también enseña a su hijo a disparar, y se culpa por haber sido demasiado duro con su educación.
En el Met suenan asimismo los ecos de otra famosa matanza, la de Columbine, localidad de Colorado en la que dos adolescentes asesinaron a 12 alumnos y a un profesor de instituto antes de suicidarse.
Aquella tragedia inauguró en 1999 una nueva period en los tiroteos masivos en Estados Unidos, especialmente en los institutos, y cuajó en el imaginario colectivo gracias a dos películas: un documental de Michael Moore y una escalofriante reconstrucción ficticia de Gus Van Sant.
Antes de seguir: si no ha visto la ópera y es de esa clase de personas que considera un crimen que le destripen una historia, tal vez debería dejar de leer aquí.

Como los autores de la masacre de Columbine, el asesino de Innocence también planea durante un año su carnicería minuciosamente, junto a su hermano y a una amiga, que se arrepienten en el último momento. Así lo cuenta, que no canta, ella: otro de los aciertos de la puesta en escena es que, en el presente, que transcurre en el salón de bodas, los intérpretes son cantantes, mientras que, en el pasado, que sucede en un instituto internacional de Helsinki, la historia avanza con diálogos en las voces amplificadas de los “actores musicales”, según la definición de Saariaho y Oksanen.
El ultimate de Innocence no es tan punitivo como el que los jueces han escrito en los casos de los Crumbley y de Colin Grey. La última palabra se reserva en escena para el fantasma de la víctima Markéta (Jää). Con su timbre ancestral, pide a su madre (DiDonato) que perdone a la familia del asesino y siga adelante.

Tras la representación del sábado, el público abandonó el Metropolitan con el eco de ese canto al perdón. Y menos de 24 horas después, una nueva tragedia asesinó brutalmente la lírica. No fue en un instituto, sino en una casa de Shreveport (Luisiana). Un hombre mató a ocho niños, entre ellos, a siete de sus ocho hijos, antes de que la policía acabara a tiros con él.
Fue otro día más en la violencia de Estados Unidos, un país con más armas (393 millones) que habitantes (343). Una sociedad a la que una ópera está poniendo estos días ante el espejo de su brutalidad.
