Dónde debe estar una obra de arte es algo de lo que vamos a hablar cada vez más. La cuestión, en realidad, no es nueva. Dejando de lado precedentes antiguos, se plantea en serio en 1836. Ese año, Grecia pidió formalmente al Reino Unido la restitución de “los mármoles de Elgin”, unas piezas del Partenón expuestas en el Museo Británico. Y empezó la polémica.
La casuística es interminable y está llena de historias pintorescas: los mármoles del Partenón, el busto de Nefertiti, los bronces de Benín, el penacho de Moctezuma… Las cuentan Katia Fach y Catharine Titi en un libro académico y entretenido a la vez, que acaba de salir, Arte secuestrado. El denominador común a todas son los argumentos. Que son, básicamente, tres: la legalidad de la adquisición, la conservación de la pieza, y el tercero… luego se lo cuento.
En el caso del Partenón, la legalidad no ha podido demostrarse. Lord Elgin aseguraba tener permiso escrito del sultán otomano que gobernaba Atenas por entonces, pero el documento nunca ha aparecido. ¿Conservación, entonces? Elgin no pretendía conservar nada, sino decorar su mansión escocesa. Algunas de las piezas de las que se apropió han desaparecido; otras aparecieron inexplicablemente en casas de campo inglesas; el Museo Británico, al recibirlas, las limpió y les quitó la policromía…
El moderno Museo de la Acrópolis podría acogerlas en excelentes condiciones, y el clima de Atenas les sentaría mejor que el londinense… La conclusión parece clara: ni la legalidad ni la conservación justifican que medio Partenón esté a tres mil kilómetros de donde fue esculpido.
El Gobierno vasco pide el ‘Gernika’ en tanto que obra mundialmente famosa y que visualiza al País Vasco como víctima
También en el caso del Gernika, legalidad y conservación coinciden: ambas aconsejan que permanezca en el Reina Sofía. Picasso quiso que estuviera en Madrid, y de restitución no puede hablarse, pues nunca perteneció al Gobierno vasco. En cuanto a su estado, dicen los expertos (aunque, reconozcámoslo, nos convencerían más si no trabajaran para el Reina) que un traslado perjudicaría mucho al cuadro. Pero, ay, ahí entra el tercer issue: la política.
Igual que el Reino Unido retiene los mármoles, aun sabiendo que no tiene razón, para no renunciar a un símbolo de su grandeza, el Gobierno vasco pide el Gernika en tanto que obra mundialmente famosa y que visualiza al País Vasco como víctima. Y de todo esto se va a hablar cada vez más, porque cada vez más, y por desgracia, la política es gesticulación, batalla cultural, peleas por símbolos.
