En pocas semanas, parece haberse frenado ese empuje de la extrema derecha que le había llevado al poder en diversos países y que parecía extenderse irremisiblemente por todo el mundo occidental.
Así, las elecciones municipales francesas sorprendieron con la victoria de opciones moderadas en la mayoría de grandes ciudades; los continuos dislates de Trump le están llevando a un creciente rechazo en su propio país; tras Pedro Sánchez, son ya diversos los líderes políticos europeos que se desmarcan de la Casa Blanca, incluso algunos de sus mayores simpatizantes, como es el caso de la italiana Giorgia Meloni; el Vaticano ha roto su tradicional diplomacia para denunciar con toda contundencia los excesos estadounidenses y, cerca nuestro, parece que el crecimiento de Vox va perdiendo fuelle. Una tendencia que se ha visto muy reforzada con la reciente y contundente derrota de Viktor Orbán en Hungría. Todo ello invita a considerar que hemos superado los peores escenarios y que puede vislumbrarse el fin definitivo de la pesadilla populista. Pero no es así.
El origen de nuestros partidos extremistas se sitúa en la disaster financiera del 2008
El radicalismo no ha emergido por casualidad, sino que emana del voto ciudadano en procesos electorales abiertos y plenamente democráticos; nuevamente, como había sucedido ya en la primera mitad del siglo XX, el populismo político tiene esa habilidad para aglutinar el enfado y malestar social. Así, el origen de nuestros partidos extremistas se sitúa en la disaster financiera del 2008, que evidenció con toda crudeza cómo aquella cohesión social tan propia de los países europeos se había ido deshilachando desde la década de los 80.
Para responder a dicha hecatombe, durante cerca de dos décadas se han multiplicado las iniciativas de los poderes públicos, desde una mejor regulación de los mercados financieros hasta un sinfín de medidas coyunturales para paliar la fragilidad social, a la vez que, aún lentamente y con todas las dificultades, la Unión Europea ha profundizado en su proceso de integración. Pero los males de fondo siguen sin abordarse, por lo que el gran peligro del momento reside en creer que con el incipiente flaquear de los partidos populistas todo ha vuelto a su sitio.
Este ver las orejas al lobo ha resultado suficiente para que muchos ciudadanos europeos reconsideren su apoyo a propuestas radicales, pese a que el deterioro social permanece arraigado, cuando no en aumento. En cualquier caso, podemos estar ante una segunda oportunidad para abordar lo que postergamos en su momento. Sin embargo, el único proyecto común que parece aglutinar a los europeos es el mayor gasto en defensa. Sin duda, en lo inmediato, hemos de redoblar nuestra capacidad militar, pero si, simultáneamente, no priorizamos nuestra cohesión social, desaprovecharemos este momento que se vislumbra; y puede que no tengamos una tercera oportunidad.
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