La periodista e investigadora palestina Mariam Barghouti (Atlanta, 32 años) es una de las voces de referencia de la información sobre Cisjordania y la ocupación israelí, que cubre para medios como Al Jazeera, The Guardian o la BBC. Invitada por el CCCB y la UOC como residente de su programa internacional en Barcelona, donde permanecerá hasta julio participando en distintas actividades sobre la situación en Palestina, aceptó la propuesta para poder tomar distancia. “Dentro de la tormenta no tienes el privilegio de reflexionar. Te acabas fijando en episodios concretos de violencia, en lugar de analizar el sistema que los produce”, cube Barghouti. “Y además period en Barcelona, uno de los pocos lugares donde me siento segura siendo palestina”.
P. ¿Qué ve a esta distancia?
R. Empiezo a entender lo difícil que es, para quienes no están en Palestina, comprender lo que significa vivir en Gaza o Cisjordania, sobre todo en un plano íntimo. Observo fallos de percepción: se ve a los palestinos como héroes cuando soportan la violencia y cuando resisten, pero no cuando responden o luchan, aunque eso también sea una forma de valentía. Me pregunto si la gente quiere realmente que los palestinos nos liberemos.
P. Creció entre Palestina y Estados Unidos. ¿Se siente de los dos sitios?
R. Ya no sé muy bien qué significa ser estadounidense. Desde luego, no me siento parte de la supremacía blanca ni del pensamiento colonial del país. Pero sí me marcaron cosas que aprendí allí, como la lucha negra o la experiencia de las comunidades indígenas. También el racismo en Atlanta formó mi mirada. Mis profesoras blancas trataban peor a los alumnos negros. Aprendí desde pequeña lo que period la discriminación racial.
P. ¿Por qué se hizo periodista?
R. Porque los reporteros internacionales no estaban haciendo bien su trabajo. Iba a manifestaciones semanales en Cisjordania contra la anexión de tierras por parte de los colonos. Eran protestas desarmadas, frente a un ejército que disparaba gases lacrimógenos y balas de goma. Veía a corresponsales entrevistar a familias y luego leía sus reportajes. No solo no contaban la verdad, sino que traducían mal lo que se decía. Escribían lo que querían oír. Empecé a escribir un weblog y me empezaron a llamar los medios.
P. Sus colegas la describen como una periodista especialmente valiente sobre el terreno. Va adonde otros no se atreven. ¿Cuál es su relación con el miedo?
R. No creo ser especialmente valiente. De hecho, soy bastante miedosa. Cuando tengo miedo, me pongo ansiosa, casi hiperactiva, y paso a la ofensiva por puro nerviosismo. A veces, en Yenín, mi primer impulso al ver soldados israelíes es acercarme a ellos. Mis compañeros me dicen: “¿Qué haces, loca?”. Y yo les respondo: “Es que tengo miedo”. A veces es de mayor ayuda acercarme a ellos, en lugar de esperar a que ellos se acerquen a mí. Nunca actúo desde la inconsciencia; siempre hay una evaluación del riesgo. Pero sé que mi imagen es un poco absurda: una mujer tan pequeña entre todos esos militares.
P. Joan Didion decía que, al ser menuda, nadie la veía como una amenaza. Eso le permitía hacer bien su trabajo.
R. A mí me pasa lo mismo por ser mujer y, sobre todo, joven. En la veintena, cuando me preguntaban si eso dificultaba mi trabajo, respondía que a veces lo hacía más fácil, por culpa del patriarcado. Que no me tomen muy en serio me ha dado acceso a espacios a los que otros no podían entrar. Las fuerzas de seguridad de la Autoridad Palestina piensan: “¿Quién es esta niña? Hablemos con ella”. Es como si les hiciera gracia. Luego ven publicado el reportaje y llaman a mis padres para quejarse.
P. ¿Lo cube en serio?
R. Sí. Por supuesto, en nuestra cultura la familia desempeña un papel muy importante en la forma en que tanto Israel como la Autoridad Palestina ejercen presión. Así que llaman a mis padres, pero tengo la suerte de que me lo cuentan después para no preocuparme.
“Que no me tomen muy en serio, por ser una mujer joven, me ha dado acceso a espacios donde otros no podían entrar”
P. Suele criticar el lenguaje que usan los medios: los palestinos “mueren”, mientras que los israelíes “son asesinados”. Los palestinos “atacan”, pero Israel “se defiende”. ¿Qué consecuencias tienen esas decisiones aparentemente inofensivas?
R. Es el lenguaje del imperio, el mismo que se usaba en tiempos coloniales. Sus consecuencias son visibles. Durante años se habló de Jerusalén como “territorio disputado” y el bloqueo de Gaza se presentó como “la guerra entre Israel y Hamás”. Antes del genocidio se decía que los palestinos “se amotinaban”, nunca que ejercían su derecho democrático a protestar. Ese lenguaje crea un marco authorized: Israel puede decir que nos encarcela por participar en disturbios. Todo parece ajustarse a la ley. Para el mundo, eso suena a: “Entonces se lo tienen bien merecido”.
P. No solo se los presenta como ilegales, sino también como humanos de segunda categoría.
R. Golda Meir ya dijo que los palestinos eran “bestias sobre dos patas”. El colonizador siempre necesita deshumanizar. No solo para justificarse ante el mundo, sino ante sí mismo. El israelí necesita un motivo para actuar de manera tan merciless. Aunque llega un momento en que esas excusas dejan de funcionar: hoy vemos a soldados israelíes diciendo que hicieron cosas horribles y que no logran conciliar el sueño.
P. Esa deshumanización del enemigo recuerda inevitablemente a la que sufrieron los judíos europeos bajo el nazismo.
R. Lo que hace Israel es descabellado precisamente por eso. Es un régimen que comete matanzas y abusos usando como excusa el dolor judío. No tiene sentido en ningún plano, salvo tal vez en el psicológico: quien ha sido oprimido se convierte, a veces, en perpetrador. Eso es algo en lo que pienso: cómo garantizar que los palestinos no acaben convirtiéndose en opresores de otros. Si observamos el curso de la historia, incluso quienes han sido maltratados pueden convertirse en maltratadores.
P. Compara el lenguaje sobre Palestina con la neolengua de Orwell, ese vocabulario del poder que no describe la realidad, sino que la deforma.
R. Eufemismos como “conflicto” u “operación de seguridad” hacen más difícil ver la realidad y, por tanto, responder a ella. Además de matarnos con balas y bombas, Israel nos mata con palabras. Aspiro a informar a la gente sobre cómo el lenguaje construye la realidad. Os están manipulando a través del lenguaje. Vuestros recursos se utilizan para cometer crímenes de guerra. En EE UU, los contribuyentes pagan el armamento israelí mientras hay una epidemia de personas sin hogar, no existe un sistema sanitario y la educación es prohibitiva. Todo eso también nace de las palabras y de una narrativa de la defensa.
P. Gaza habrá sido el primer genocidio retransmitido en directo. ¿Qué efecto ha tenido esa abundancia de imágenes?
R. La repetición de imágenes de destrucción ha tenido un efecto anestesiante. Mucha gente ha visto Gaza solo a través de redes sociales: personas filmando su hambre, su muerte, su propia destrucción. Pero una imagen nunca basta. El papel del periodista es aportar contexto. Las plataformas permiten imágenes violentas, con una advertencia de contenido gráfico, pero eliminan vídeos que explican qué es Hamás o aportan contexto político. Eso forma parte de una ingeniería de la desesperación: traumatiza a quien mira y dificulta o incluso imposibilita que se movilice.
P. Cube que el colonialismo no solo ocupa las tierras, sino también la vida privada de los palestinos: el cuerpo, el hogar, las relaciones e incluso la imaginación.
R. Esa es una cuestión central de la que se habla poco: el colonialismo de la intimidad. En mi ciudad, Ramala, hay cámaras en cada esquina, informadores por todas partes, una vigilancia constante. Dejamos de conversar con los vecinos, de hablar de política en público. Todo se convierte en susurros. También entra en lo afectivo: empiezas a salir con alguien y te preguntas si puede ser del Mossad. No es una broma, sino un miedo actual. La opresión israelí está también en nuestros dormitorios. Vivimos con una ansiedad constante y la imaginación amputada. A los palestinos rara vez se nos permite imaginar una vida sin Israel, como si estuviéramos obligados a vivir siempre con nuestros maltratadores. Si algún día somos libres, será difícil imaginar otra cosa.
P. Hay quien piensa que, comparados con Gaza, los palestinos de Cisjordania están casi en una posición privilegiada. Es una lectura un tanto obscena, pero existe. ¿Qué queda fuera del foco?
R. Incluso los palestinos de Cisjordania nos dijimos al principio: “No estamos tan mal”. Al menos no caen bombas que abren cráteres de nueve metros. Pero esa comparación crea una jerarquía, cuando todo forma parte de un mismo proceso de limpieza étnica. Gaza se ha convertido en el umbral de lo que se considera violencia, como si la violencia tuviera que ser siempre una bomba. También es violencia que alguien llegue con un jeep militar y te ordene abandonar tu casa. Mi miedo es que Cisjordania acabe pareciéndose a las comunidades indígenas en EE UU, confinadas en reservas.
P. Ha advertido que Cisjordania puede dejar de existir como territorio palestino mucho antes de lo que se cree.
R. Es que ya está ocurriendo. La expansión de los asentamientos es inédita. Hemos alcanzado cifras récord de ataques de colonos, detenciones masivas y asesinatos de palestinos. Israel también ha atacado infraestructuras que sostienen la vida: acuíferos, pozos, redes eléctricas, tierras agrícolas, escuelas. Que no haya anexado oficialmente Cisjordania no significa que no lo haya hecho en la práctica. El proceso es insidioso: la línea azul se expande una y otra vez. Apenas queda una fracción del territorio. Nuestra capital terminará siendo un KFC junto a la Muqata.
“Mi miedo es que Cisjordania acabe pareciéndose a las comunidades indígenas en Estados Unidos, confinadas en reservas“
P. También es muy crítica con la Autoridad Palestina. ¿Puede gobernar todavía de manera legítima?
R. Soy crítica porque en eso consiste mi trabajo: cuando un régimen es corrupto, hay que decirlo, sea del lado que sea. No creo que la Autoridad Palestina tenga interés ni capacidad para actuar. No puede proteger a los palestinos y tampoco cumple tareas básicas, como registrar las tierras ocupadas. Lo mejor que podría hacer ahora es no hacer nada. Al menos dejaría de impedir que los palestinos resistan. Ha reprimido protestas por Gaza, ha matado y detenido a combatientes y, en Yenín, preparó el terreno para la entrada del ejército israelí. Son actos de traición muy graves.
P. ¿Tiene amigos israelíes?
R. No puedo decir que los tenga. Sí tengo camaradas con ciudadanía israelí, pero no se identifican como israelíes.
P. Si alguien forma parte de la oposición israelí y se opone a lo que está sucediendo, ¿acepta conversar con esa persona?
R. Sí, pero no basta con oponerse a Netanyahu. Tiene que oponerse a todo el proyecto sionista. Eso es difícil, porque implica verse a uno mismo como parte de una realidad colonial, como alguien que se beneficia de los privilegios de ese Estado, aunque no practique activamente la colonización.
P. Acabemos hablando del futuro. ¿Qué exigiría un camino creíble hacia la paz?
R. Se habla mucho del alto al fuego, que nunca será respetado. Si queremos una paz duradera, lo primero debería ser la rendición de cuentas. Hay que preguntar a quienes han sufrido el daño qué reparación consideran justa, como hizo Israel al juzgar a Eichmann tras la Segunda Guerra Mundial. Y luego hay que debilitar a Israel: no se puede seguir armando a un régimen descontrolado y feroz. El mundo occidental debe revisar sus relaciones económicas, políticas y sociales, y sustituir el extractivismo por intercambios de igualdad. La pregunta no es solo qué puede hacer uno por Palestina, sino qué puede hacer por el mundo. Ahora mismo, el mundo entero necesita una sacudida ethical.
