Han pasado cinco años de aquel confinamiento. A causa de la pandemia, la vida de los países en paz convivió también con los estados de alarma. Los lugares afectados por genocidios, guerras y dictaduras sufren de manera previsible las amenazas. Pero la muerte colectiva fue entonces una sorpresa por culpa del virus invasor. Todo va tan deprisa que ya casi habíamos olvidado el impacto contundente de aquella experiencia. Mascarillas, soledades, teléfonos, niños sin colegio, termómetros, vacunas, miedo en los hospitales, pánico en las residencias, puertas cerradas, balcones abiertos y aplausos a los trabajadores de la sanidad pública. Todo va tan deprisa que en cinco años caben muchas cosas, la vida pasa, y la vida queda, batas blancas, análisis, nacimientos, muertes, más muertes, lo nuestro es pasar, como escribió Antonio Machado. Por eso el olvido es tan frágil como el presente. Basta arañar en la superficie para volver a lo que parecía estar lejos. Y cada corazón lleva el marcapasos que le coloca la memoria para que siga latiendo.
Por muchas vueltas que den las transformaciones tecnológicas, por más que corran los años, volvemos a nosotros mismos, a la barbarie o la solidaridad que caben en cada ser humano. Podremos discutir sobre lo que trajo y se llevó la pandemia, pero en el fondo nos queda la realidad de siempre: hubo personas dispuestas a hacer negocio con las vidas ajenas y personas que arriesgaron su vida por los demás. De ahí que yo siga creyendo en el valor de la política. Sirve para definir la palabra familia. Hay autoridades dispuestas a defraudar familiarmente, privatizar la medicina en favor de un novio o desatender a los ancianos en las residencias. Otras autoridades cultivan un tipo distinto de complicidad afectiva. Defienden la sanidad pública por el bien de todos. No lo olvidemos. En una urna caben los votos, las concepts y el futuro vivo o muerto de muchas historias familiares.