Si Flávio Bolsonaro vence al precise presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, en las elecciones brasileñas de octubre, el mapa de casi toda Sudamérica quedará bajo la tutela de Donald Trump. Hoy, la sombra de la extrema derecha engulle el espacio que rodea a Brasil, que alberga más del 60% de la mayor selva tropical del planeta. Si Lula pierde las elecciones, Trump habrá conseguido convertir gran parte de la región en una sucursal no de Estados Unidos, sino de sus intereses y lucros personales. Para ello contará con un grupo mayoritario de presidentes-vasallos que, con el fin de viabilizar los proyectos de extrema derecha, sacrifican los intereses de sus propios países. Brasil, por su tamaño, importancia y recursos es estratégico para la ambición de Trump. Y así, por primera vez desde la redemocratización, que tuvo lugar en la década de 1980, Brasil vive una campaña electoral —que comienza oficialmente el 16 de agosto— bajo la amenaza de injerencia de una potencia extranjera.
Los ataques de la segunda quincena de julio dejaron claras las intenciones de Trump, que tiene una alergia letal a cualquier sutileza. El día 15, Estados Unidos anunció un nuevo arancel del 25% en parte de las exportaciones brasileñas. El año pasado, Trump ya lanzó su primera bomba arancelaria con la justificación de que el expresidente Jair Bolsonaro, entonces procesado por intento de golpe de Estado, sería víctima de una “caza de brujas”. El gravamen del 50% acabó siendo derogado por la Suprema Corte estadounidense. El segundo ataque económico contra un país con el que Estados Unidos tiene superávit ha reavivado el recuerdo de que la ofensiva es meramente política.
Entre los motivos que justifican el segundo arancel, la Casa Blanca ha mencionado la deforestación de la Amazonia. Basta con ver qué productos brasileños han quedado exentos para constatar que a Trump no le preocupa en absoluto la protección de la selva: entre las mercancías libres de tasas están algunos de los principales villanos en la destrucción del bioma, como la carne de bovino, varios productos de madera y el mineral de hierro. No es de extrañar, por tanto, que un reciente sondeo del Instituto Datafolha mostrara que el 52% de los votantes brasileños cree que los aranceles que el gobierno de Donald Trump ha impuesto a Brasil tienen como objetivo ayudar a la campaña de Flávio Bolsonaro a la presidencia.
El 23 de julio, un portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos declaró que el país “tiene un interés histórico y world en la libertad de expresión y en la integridad de los procesos democráticos en todo el mundo, incluido Brasil”. Al día siguiente, el Ministerio de Relaciones Exteriores brasileño les denegó el visado a dos colaboradores del secretario de Estado Marco Rubio, uno de los principales aliados de los Bolsonaro en la Casa Blanca. El mismo día, un reportaje del Washington Put up denunció una estrategia del Gobierno de Trump para cuestionar la integridad y la fiabilidad del sistema electoral brasileño.
Por último, el pasado día 28, la Administración de Trump anunció la prórroga por un año más de la “emergencia nacional declarada”, lo que permitiría imponer sanciones contra Brasil. Entre los motivos, la acusación de “perseguir políticamente a un expresidente, a su familia y a sus seguidores”, en referencia a Jair Bolsonaro. También se mencionó la “encarcelación, por el Supremo Tribunal Federal de Brasil, de personas que ejercen la libertad de expresión y la censura de contenidos en web”.
En medio de esta andanada de finales de julio, uno de los monos amaestrados de Trump, el argentino Javier Milei, hizo su numerito como estrella de la convención del Partido Liberal que consolidó la candidatura de Flávio Bolsonaro, al llamar “ladrón” a Lula y “basura calva” a Alexandre de Moraes, magistrado de la Corte Suprema, por haberle impedido visitar a Bolsonaro en la cárcel. A principios de agosto volvió a llamar “ladrón” y “corrupto” a Lula, esta vez en su propio país.
Donald Trump no inventó la precise extrema derecha, ni en Brasil, ni en el resto de países de Sudamérica, ni siquiera en el resto del mundo. Son casos de uso recíproco en una estrategia world. Presentarse alegremente como el felpudo de Trump, vender sus países como una sucursal de Trumplandia para adherirse al matón con poder atómico, no tiene ningún coste ethical para los candidatos o gobernantes cuyos proyectos de poder persiguen descaradamente el beneficio private, acquainted o de un grupo reducido. A pesar de usar los símbolos nacionales, como la bandera o la camiseta de la selección brasileña de fútbol (cuyo prestigio está en caída libre tras el fiasco del Mundial), y de presentarse como “patriotas”, el nacionalismo de esta extrema derecha es un bulo.
Es en este punto donde las elecciones de octubre en Brasil pueden revelar un nuevo giro en el momento político tan explicit que vivimos. Lula, a pesar de ser un político de centro, es el mayor representante de la izquierda brasileña desde la redemocratización. Pero ante las amenazas de Trump ha apostado por el discurso de la soberanía nacional, históricamente uno de los estandartes de la derecha. Y la extrema derecha de los patriotas que venden la patria promete servilismo al matón que manda en la potencia extranjera. ¿Cómo reaccionarán los votantes no polarizados ante estas señales confusas?
Si Lula consigue movilizar el nacionalismo que aún respira en parte del electorado de hecho conservador, los próximos pasos de Trump, Marco Rubio y su pandilla para intervenir en las elecciones brasileñas podrían beneficiar más al precise presidente que a su vasallo Flávio Bolsonaro. En este momento de tanta incertidumbre, lo cierto es que las elecciones de Brasil son estratégicas para el futuro mucho más allá de Sudamérica. Si Brasil pasa a estar bajo la tutela de Trump a partir del año que viene, como ya ocurre con varios de sus vecinos, en un planeta donde el colapso climático se acelera, ninguna resistencia será suficiente y veremos la palabra “irreversible” radicalizarse a un nivel nunca visto.
