Uno de los grandes misterios de la crónica negra de Estados Unidos se resolvió en julio de 2023, cuando la policía anunció la detención de Rex Heuermann como sospechoso de una serie de muertes que se habían producido en Lengthy Island, en Nueva York. Este lunes, la trágica historia ha tenido su punto ultimate, con la condena a tres cadenas perpetuas y 100 años de prisión adicional, sin posibilidad de libertad condicional, a este arquitecto y padre de familia que logró pasar desapercibido durante tanto tiempo y que en abril confesó haber matado a ocho mujeres a lo largo de casi dos décadas.
Heuermann, de 62 años, admitió su culpabilidad en los siete cargos que se le imputaban y se declaró responsable de una octava muerte, de la que no se le acusaba formalmente. Esta confesión formaba parte de un acuerdo para evitar un juicio. El conocido como asesino en serie de la playa de Gilgo admitía así que iba a pasar el resto de su vida en prisión.
“Soy responsable de los crímenes. Las palabras que pueda decir no tendrían ningún significado”, dijo el asesino a las familiares de sus víctimas presentes en la audiencia. Heuermann admitió haber estrangulado a sus víctimas y haber descuartizado algunos de sus cuerpos.
“Un millón de años no sería suficiente”, respondió Jasmine Robinson, prima de una de sus víctimas, Jessica Taylor. “Nada podrá jamás reparar esto. Me provocas tanta repugnancia que no puedo soportarlo”, añadió Robinson, según recoge la agencia AP.
La sentencia pone el punto ultimate a una serie de muertes de jóvenes mujeres, que al principio parecieron no estar relacionadas y a las que no se prestó demasiada atención. Hasta que en 2010 la policía encontró los cadáveres de cuatro mujeres envueltos en arpillera en Gilgo Seashore. A los pocos meses, descubrieron más cuerpos en la misma zona. La mayor parte de las víctimas se dedicaba a la prostitución.
El juez Timothy Mazzei presidió la audiencia en la que dio la posibilidad a los familiares de sus víctimas de arrojar todo su dolor e impotencia sobre el asesino de sus seres queridos. Mazzei le preguntó si lamentaba haber matado a esas mujeres. Heuermann respondió que sí. Y el juez le espetó: “Es usted un hombre asqueroso, despreciable y pequeño. Y es un cobarde”.
Heuermann, casado y con dos hijos, vivía en un barrio residencial de Massapequa Park, en Lengthy Island, y trabajaba como arquitecto en Manhattan. La policía dio con él gracias a un trozo de pizza que tiró a la basura y que sirvió para cotejar los restos de ADN hallados en la lona que envolvía el cadáver de una de las víctimas. Fue entonces cuando su esposa, con la que llevaba 27 años de matrimonio, presentó una demanda de divorcio.
Heuermann mantuvo durante décadas una vida oculta. Una vez detenido, en su historial de búsquedas en web aparecieron miles de páginas de sexo brutal, sadismo, torturas y pornografía infantil, así como aplicaciones de contactos.
En la sesión de este miércoles, Heuermann permaneció sentado con las manos sobre la mesa, mirando al frente, durante la intervención de los familiares de sus víctimas. Amanda Funderburg, hermana de la víctima Melissa Barthelemy, instó al asesino a mirarla. “Espero que sufras”, le espetó. Funderburg dijo que, días después de la desaparición de Barthelemy, que tenía 15 años en ese momento, recibió una llamada telefónica en tono de burla del hombre que más tarde se revelaría como su asesino.
“Mi hija tenía sueños, y tú se los arrebataste”, afirmó JoAnn Mack, madre de la víctima Valerie Mack. “Se ha hecho justicia, pero eso no puede reemplazar lo que se ha perdido”, añadió.
