Llegué a España ilusionado. Con los ojos de un niño al que le resultaba extraño ser ahora el otro, la alteridad. Esa ilusión, con el paso de los años y la toma de conciencia de mi negritud, se fue perdiendo; reconocí el odio y el asco, me sentí atrapado por ellos. El entorno cada vez más hostil me obligó a encerrarme en mí. Ahora, y a la espera de una regularización que no llega, me pregunto qué hacer. ¿Acaso tiene sentido seguir ofreciendo una parte de mí, de nosotros, a un Occidente que nos repudia? Vinimos a ensancharnos: crecer, aprender, estudiar, trabajar, salir a delante; pero el resultado es otro, repliegue forzado de un caracol en medio de la tormenta. No soy especialmente sádico, aunque tampoco puedo negar el placer que sentiría si algún dirigente sintiera, solo por un rato, la ansiedad de mirar el buzón cada día, a todas horas, cada media hora, cada cuarto de hora hasta llegar a un punto en el que, tumbado en el sofá y derrotado en la lucha por la vida, desistes. Mi único deseo es salir del paréntesis, vivir y dejar de sobrevivir. Silencio administrativo.
Sofonías Micha Nkogo Nfumu. Granada
Bumerán
Sí, la columna Las buenas maneras de Manuel Vicent es un bumerán para la Selectividad. ¿Por qué? Porque el artículo exige lectura crítica profunda, pero el examen solo pide lectura técnica superficial. El alumno identifica conectores, subraya concepts principales, clasifica argumentos, pero no entiende el mecanismo persuasivo del texto. Vicent denuncia justo eso: una sociedad que ya no sabe leer críticamente. La columna de Vicent exige pensamiento crítico, pero el examen de la Selectividad evalúa técnica mecánica. El texto denuncia la pérdida de profundidad, pero el examen no la pide. Muestra trampas retóricas, pero el examen no enseña a detectarlas. El resultado: los alumnos salen sabiendo gramática, pero no sabiendo leer el mundo.
Carlos Urbano Osorio. Montoro (Córdoba)
Aire acondicionado
En mi barrio, tanto en el hospital como en el centro de salud tienen aire acondicionado. En el supermercado, el banco, la farmacia y en la clínica dental el aire está encendido. También en la peluquería, la papelería y hasta en el bar. En mi coche y mi casa también. En el trabajo de mi marido hay aire acondicionado. Los únicos lugares que no lo tienen son el colegio público de mis hijos y mi centro de trabajo: un instituto público.
Eva Dorado Cuesta. Móstoles (Madrid)
Papá
Hace ya cuatro meses que no compartes conmigo ninguna noticia. En momentos como estos necesito agarrarme a cosas que no cambian, aquellas que puedo seguir sintiendo mías (nuestras) y que, aunque el tiempo pase, no desaparecen. Todos los días me invaden motivos por los que debías quedarte, por los que debíamos hablar una vez más; pero solo el silencio responde, el silencio y un gran vacío. Recuerdo esos domingos en los que juntos íbamos al quiosco de Pedro a recoger siempre lo mismo: EL PAÍS con su suplemento semanal. Hoy observo la familiaridad de abrir el navegador y encontrarme con la cabecera de EL PAÍS, pero nada se siente igual. Papá, te escribo como homenaje a una vida anónima y maravillosa que se apagó, pero que seguirá latiendo entre noticia y noticia, entre libros y recuerdos. “Ambos sabíamos que no nos volveríamos a ver… Pero que el azar haya sido tan generoso y amable. Que nos pudimos encontrar… en la vastedad del espacio y la inmensidad del tiempo… Eso fue maravilloso”. Ann Druyan, esposa de Carl Sagan.
Feliz cumpleaños, papá. Estoy orgulloso de ser tu hijo.
Pablo Avilés Martínez. Cabezo de Torres (Murcia)
