Ya nada será igual después de lo sucedido en esta pequeña franja de tierra en Oriente Próximo desde octubre de 2023. Este territorio, último vestigio del atroz colonialismo, habitado por dos millones de personas, se ha convertido en un sumidero por el que se han precipitado todos los valores morales, sociales y políticos de acuerdo a los cuales he estado enseñando durante los últimos 25 años. Entro en la clase y no sé qué decir delante de mis estudiantes. El genocidio no solamente ha oscurecido el horizonte de futuro al privarnos de un proyecto ético universalmente compartido, sino que ha socavado el terreno sobre el que nos apoyábamos. Desconozco dónde han ido a parar tantos años de trabajo escolar defendiendo con denuedo la educación cívica y democrática. El currículo se ha convertido en un documento cínico, cuestionado por lo ocurrido y por la indiferencia generalizada que lo ha permitido. Me pregunto cuál es mi papel como profesor a partir de ahora. ¿Es todavía posible educar mientras permanecemos sumidos en la perplejidad y el absurdo? La respuesta está enterrada bajo los escombros de las poblaciones destruidas, junto a far de víctimas inocentes.
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