
Lo digo ya desde el principio: pertenezco a quienes la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero nos ha dejado perplejos. Y lo digo porque creo que lo conocí bien y no dudé en aceptar el cargo que en su día me ofreció, la presidencia del CIS. Si lo hice fue porque participaba de su entusiasmo por crear una democracia mejor en este país. Mucho se comentó entonces su discurso inspirado en el “republicanismo cívico” de Philip Pettit, que fue también objeto de no pocas burlas. Pero en lo sustancial coincidía con convicciones que tuve desde siempre: el rasgo sustancial del socialismo es la libertad como no dominación; ser libre es no estar sujeto a la arbitrariedad de otros, gozar de independencia frente a poderes económicos, políticos o de otro tipo, sobre todo los que emanan de una determinada estructura de organización social. O, por simplificarlo al máximo, la aspiración socialista a la igualdad se hace en nombre de la libertad.