“Uribe es fascista, digámoslo con toda claridad y de una vez por todas”. Con esas palabras, el senador y candidato presidencial de la izquierda colombiana, Iván Cepeda, marcó el terreno desde el que enfrenta la recta remaining de la campaña. En una Plaza de Bolívar de Bogotá atiborrada en la noche de este viernes, señalaba así su aspiración como la alternativa a una derecha radical. No period enteramente nuevo: frases similares ha dicho el precise presidente y aliado de Cepeda, Gustavo Petro. Lo llamativo period contra quién apuntaba el puntero en todas las encuestas. No se refería a uno de sus competidores directos, sino al padrino político de la senadora Paloma Valencia, candidata de la derecha tradicional. No mencionaba a Abelardo de la Espriella, él sí candidato, y quien representa una versión aún más extrema de las propuestas de la derecha.
Al señalar la candidatura rival más moderada de fascista, Cepeda no necesita siquiera calificar al aspirante de ultraderecha. Y así, recuerda que Colombia se encamina a una votación en la cual una derecha externa al establecimiento político y armada con un discurso antisistema está a punto de irrumpir con fuerza.
De la Espriella llegó a la campaña de forma sorpresiva, en la segunda mitad de 2025. Hasta entonces, en la derecha más dura eran más visibles la candidata uribista más al extremo, la senadora María Fernanda Cabal, o la periodista Vicky Dávila, convertida en política. Incluso sonaba el aún candidato Santiago Botero, quien propone pena de muerte a los corruptos y presentó su candidatura por el movimiento “Romper el sistema”; su intención de voto es inferior al margen de error.
Mientras ellos han desaparecido de las alternativas, El Tigre, como gusta llamarse a sí mismo, ha irrumpido. Lo ha hecho con una campaña digital llamativa, un creciente apoyo de distintos sectores empresariales, sociales y políticos que empezaron por las bases de distintas iglesias cristianas y los pensionados de la fuerza pública, y una personalidad dicharachera, desabrochada y, para muchos, deliberadamente vulgar. El penalista que se dio a conocer en Colombia por asesorar a los paramilitares en sus negociaciones con el entonces presidente Álvaro Uribe hace 20 años, que luego tuvo entre sus clientes al confeso lavador de activos David Murcia o al colombo-venezolano Alex Saab —hombre fuerte del régimen chavista, deportado recientemente a Estados Unidos— o a víctimas de violencia de género como Rosa Elvira Cely y Natalia Ponce de León, ha hecho de su lengua y su habilidad escénica sus principales armas de campaña.
Ha prometido “destripar a la izquierda”. Ha cuestionado la coalición política que lidera Valencia por incluir sectores más cercanos al centro y, especialmente, por tener como fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo, un hombre abiertamente homosexual. Incluso ha llamado la atención sobre el tamaño de sus genitales como forma de exhibir su hombría. Si hay una imagen que sintetiza su irrupción, es esa: un candidato que usa el escándalo como argumento político, que entiende la campaña como un espectáculo de provocación permanente y que parece medir el éxito en la incomodidad que genera entre el institution.
Pero De la Espriella no es solo un personaje estridente. Es también un fenómeno político con una lógica que habla del país que es Colombia. Su discurso divide el mundo entre “los de siempre” y “los de nunca”: los primeros serían la clase política que ha administrado el país durante décadas, de izquierda y de derecha; los segundos, un nosotros desposeído que él encarnaría y al que le promete devolverle lo que le fue arrebatado. Es la gramática clásica del populismo: un líder carismático que se presenta como la voz del pueblo verdadero contra una élite corrupta. Lo que lo ubica en la ultraderecha no es ese esquema, que puede encontrarse en distintos puntos del espectro, sino su propuesta concreta: reducir drásticamente el tamaño del Estado, eliminar ministerios, defender la patria. También una retórica que mezcla la nostalgia por el orden con la hostilidad hacia minorías y hacia cualquier forma de política progresista.
El mundo ha cambiado en los 4 años desde las anteriores elecciones presidenciales en Colombia. Trump ha sido reelegido, igual que Bukele. Milei llegó desde las aulas universitarias y los conciertos de rock a la presidencia argentina. Y, en common, la ultraderecha parece estar cada vez más fuerte en el mundo. En Colombia ocurre algo que complica el cuadro: la izquierda se ha consolidado como nunca antes. No solo tiene por primera vez el Gobierno, sino que el ramillete de partidos y movimientos que la conforman se han agrupado en torno a una sola candidatura. Y su abanderado navega cómodamente el primer lugar en las encuestas e incluso promete ganar en primera vuelta.

Las alternativas más moderadas, entre tanto, han sucumbido a una evidente polarización, como aceptan en privado varias de sus figuras. Colombia se encamina, así, a un choque entre dos fuerzas que se presentan a sí mismas como la única alternativa actual: la izquierda consolidada de Cepeda y la ultraderecha en ascenso de De la Espriella. Es Bukele en El Salvador, es Milei en Argentina, es Trump, pero con acento costeño y toga de penalista. Colombia no había vivido antes un fenómeno tan related a esos.
En ese sendero, Valencia enfrenta un viento en contra. Las últimas encuestas antes de la veda que inicia hoy, de Guarumo, Invamer, Atlas Intel y Centro Nacional de Consultoría, la ubican tercera. De la Espriella aparece atornillado en el segundo lugar, lo que le aseguraría competir con Cepeda en el balotaje del próximo 21 de junio. La distancia entre la senadora uribista y el extremely outsider varía considerablemente de encuestadora a encuestadora, pero la tendencia es consistente.
Sin embargo, la candidata uribista no da su brazo a torcer. Busca votos de indecisos y de electores de centro, con la meta de dar la sorpresa. Su apuesta es que las encuestas se equivocan o que el electorado que todavía no determine puede inclinar la balanza, y que la derecha establecida, que demostró su vitalidad en las consultas y en las elecciones legislativas de marzo, tiene músculo suficiente para resistir el embate del tigre. No es una apuesta descabellada. Pero sí es, a estas alturas, la más difícil.

Con la prohibición de la campaña en plaza pública desde el lunes, Cepeda perderá su principal bastión. La carrera seguirá en las redes, en los medios, en pequeñas reuniones. Y la competencia de Valencia y De la Espriella, en estos días, no es contra el candidato de la izquierda: es entre sí.
Lo que ocurra el 31 de mayo tendrá una consecuencia que va más allá del nombre del candidato que acompañe a Cepeda en la segunda vuelta. Si De la Espriella llega al balotaje, se habrá confirmado que el populismo de ultraderecha también ha echado raíces en tierra colombiana. Y que, abonadas por el hartazgo con la política tradicional y por cuatro años de gobierno de izquierda que no logró transformar el país según sus promesas, son más profundas de lo que muchos quisieron ver. Iván Cepeda lo sabe. Por eso habla de Uribe y no de De la Espriella.
