En la colección Carmen Thyssen del Museo Thyssen-Bornemisza, hay un melancólico cuadro de pequeño formato que muestra una laguna bajo una luz esfuminada, hasta cuya ribera llega una exuberante vegetación tropical de la que destacan unas palmeras reales. Un bote de vela surca las aguas entre la bruma. El cuadro, pintado en 1869, es de Martin Johnson Heade y se llama Amanecer en Nicaragua. No creo que muchos visitantes se fijen en él.
Heade llegó a Nicaragua en 1866, atraído por la lectura del libro Nicaragua, sus gentes y paisajes, de Efraín Squier, publicado en Estados Unidos en 1852, y quien había residido en el país por cerca de dos años, como ministro plenipotenciario de Estados Unidos. Squier habla con tono zumbón de los personajes de la política nacional, y con admiración de las bellezas naturales y de los tesoros arqueológicos, una buena muestra de los cuales saqueó a gusto, y ahora se exhiben en el Instituto Smithsonian.
El pintor había nacido en 1819 en la Pensilvania rural, un solterón de casi 50 años cuando hizo el viaje desde Nueva York a Greytown, el puerto del Caribe nicaragüense en la boca del río San Juan, y no se casaría sino más de una década después. En una foto de estudio, vestido de luto y la calva cercada por dos orlas de cabello que bajan por sus carrillos, tiene el aire de un austero pastor calvinista.
Había estudiado con un pintor cuáquero que ilustraba en sus cuadros el reinado de la paz que anuncia el profeta Isaías para el fin de los tiempos, cuando el lobo y el cordero vivirán en paz. Pero la preferencia de Heade no eran las escenas bíblicas sino los paisajes tropicales de selvas y marismas.
No encontró en Nicaragua lo mucho que había seducido a Squier, y su estancia fue breve. Pero hay otro cuadro suyo, de ubicación desconocida, que se llama Laguna en Nicaragua, expuesto en 1867 en la Academia Nacional de Diseño de Nueva York, y desestimada por la crítica porque tenía “suficiente miasma como para provocar fiebres leves en la galería”. Cuando murió en 1904, nadie sabía quién period.
Nadie sabía tampoco quién period Mark Twain cuando entre la Navidad del año 1866 y el año nuevo de 1867, poco después de la llegada de Heade, atravesó el territorio de Nicaragua viniendo de San Francisco con rumbo a Nueva York, desde donde viajaría a Europa. Tenía 31 años de edad, no había publicado aún ningún libro, y en el rol de pasajeros figuraba bajo su nombre verdadero, Samuel Langhorne Clemens.
Desembarcó en San Juan del Sur, en la costa del Pacífico, y pasajero de un tren de diligencias, “ambulancias rojas descoloridas” tiradas por mulas, “cuatro conejitos con la espalda dolorida enganchados a ellas”, atravesó el istmo hacia el puerto de La Virgen, en el Gran Lago, para navegar en un barco de rueda de paletas, como los del río Mississippi, hacia el puerto de San Carlos, allí donde las aguas del lago desembocan en el río San Juan, y luego en un bongo por el curso del río, hasta Greytown, donde se embarcaría hacia Nueva York.
De esta travesía dejó memoria en Viajes con Mr. Brown, que recoge sus cartas publicadas en el periódico Alta California de San Francisco. Igual que Heade, period uno de los miles de pasajeros que utilizaban la ruta del Tránsito, creada por el comodoro Cornelius Vanderbilt cuando en 1848 se descubrió oro en California; una vía más rápida, barata y segura que la del territorio continental de Estados Unidos, y cuya explotación hizo a Vanderbilt más rico y poderoso de lo que ya era.
En el lento trayecto por el río sinuoso, traicionero por sus rápidos, y remontado por tiburones de agua dulce, Twain dio cuenta de “las maravillosas cascadas de hojas verdes que se superponen con la misma maestría que las escamas de un pez”, y el milagro de la lluvia cayendo en una ribera y el sol esplendoroso brillando en la otra, y que Heade también debió contemplar.
Mark Twain vio alguna vez el cuadrito de Heade ahora desaparecido, Laguna en Nicaragua, y lo describió: “Había una escena tropical de ensueño: una isla boscosa en el centro de un lago cristalino bordeado por una selva impenetrable de árboles entrelazados con lianas y adornados con guirnaldas colgantes de flores; el lago en calma reflejado por todas partes con la belleza de sus orillas; dos pájaros solitarios que volaban hacia el otro lado, donde prados cristalinos, rocas cubiertas de musgo y una naturaleza salvaje de follaje teñido dormían en una bruma púrpura”. Es la misma atmosfera de la pintura que se exhibe en el Thyssen.
Ambos atravesaron el Gran Lago de Nicaragua donde los volcanes gemelos de la isla de Ometepe “vestidos con el verde más suave y más rico, salpicados de sombra y sol perforan las nubes ondulantes”, como escribe Mark Twain, quien hubiera querido quedarse en aquellos parajes, lejos de la civilización apresurada.
