
Hay horas en las que van llenos los vagones y se viaja hombro con hombro, un diálogo apretado de espaldas, culos, piernas y rostros. Domina la ropa de trabajo, aunque también se cuela algún vestido de fiesta. En medio de la gente, la imaginación y la conciencia agitan una mirada de carne y hueso para observar al joven que deja su asiento a una persona mayor o para hacer literatura sobre la vida, los despertadores, los domicilios y las historias que vienen o van, mano a mano, de estación en estación. Cuando hay elecciones, más que preguntar por lo que vota esa gente, si es que vota, pienso en horarios, cocinas, tiendas de comestibles, precios y todo lo que cabe en un recuerdo, una maleta o un silencio. Con la gente, suben y bajan del metro las salas de espera de los hospitales, las puertas de los colegios, la política y la poesía.