En mi recuerdo mi padre la cantaba mientras se afeitaba, su espejo no tan empañado: el tiempo desempaña los espejos. Y ya ha pasado tiempo: más de 60 años. Eran los años sesenta, y él cantaba y yo, cuatro o cinco, quizás incluso seis, cantaba con él: “Si dejamos nuestras casas por la guerra / nuestro hogar será el ínclito Madrid”. La palabra ínclito period un misterio fácil: mi padre me había contado que significaba uno que nunca pierde, como Boca —bueno, Boca lo agregaba yo—. En cambio la palabra Madrid period más complicada: en la canción period un lugar donde aquellos cantantes llegaban desde todos los rincones de la Tierra para tener un hogar nuevo; más allá de la canción, mi padre me había dicho que period una ciudad vieja, muy lejana, la más grande de un país que se llamaba España y que era la ciudad donde él había nacido y había vivido con los abuelos hasta sus 18, pero que entonces tuvieron que irse.
—¿Cómo, pá, irse? ¿Por qué quisieron irse?
—No, no quisimos, nos tuvimos que ir. Es que hubo una guerra…
—¿Cómo una guerra, pá? ¿Qué es eso de una guerra?
La historia se complicaba más y más. Años después, terminé de saber que mi abuelo, republicano, médico en el hospital del Niño Jesús, había perdido como tantos otros esa guerra y pasado un par de años en calabozos donde cada noche se llevaban a hombres que nunca más volvían. Y que al fin lo soltaron y consiguió escaparse en un barquito de pescadores desde las Canarias y que su mujer y sus hijos lo siguieron poco después en un barco regular y que por eso vivían en Argentina y que aquella canción la cantaban muchachos y muchachas de todo el mundo que habían decidido ir a pelear por Madrid, contra esa gente que quería imponer su dios y su orden, sus concepts y su muerte a todos los demás. Y que ellos también habían perdido, que el ínclito Madrid había perdido, pero algún día ganaría, me decía mi padre, poco más o menos, y yo por supuesto le creía y me emocionaba cuando me llevó a ver una película que se llamaba Morir en Madrid, que todavía no period lema de los antoniocaparrós y, en cambio, mostraba cómo aquella gente había defendido su ciudad, la ínclita.
Quizá por eso todo me impactó tanto cuando, pocos años más tarde, a mis 12, mi padre nos trajo a conocerla. Period el invierno de 1970: en mi recuerdo lloviznaba, hacía un frío antipático y la vida pasaba en blanco y negro: tantas personas disfrazadas de viejas, tantas miradas en el suelo, tanto pelo abortado, tanto humo de buses y cigarros, tanto murmullo en medio de los gritos, coño; una ciudad que a mí —prejuicioso de mí— me seguía pareciendo derrotada.
Fue mi primer contacto, duró poco. En 1980, casi sin querer, me instalé aquí, y aquí viví unos años: yo también había perdido, con menos música y mucha menos gloria, una pequeña guerra. En 2015, casi sin querer, me instalé otra vez aquí y aquí estoy todavía. Y a veces me impresiona pensar que Madrid sigue derrotada. Me sucede cada vez que escucho a nuestra petulanta, la portavoz cascada de los señores de fortuna, la señora más inverosímil, y me pregunto qué hemos hecho para merecerla. (Y desmiento absolutamente a los desaforados que dicen que el mejor remedio sería robarle de un salto sus lentes de contacto: que, al no poder leer el guion que le escriben, quedaría súbitamente muda y se disolvería en el aire. Creo que no es verdad).
Pero las cuentas, en cambio, son ciertas, y sus premisas son concretas. La evolución política y social de las últimas décadas ha llevado a los países ricos de Occidente a una separación entre sus grandes ciudades —dizque modernas, cosmopolitas, prósperas, progresistas— y las ciudades chicas y los campos —más reaccionarios, racistas, católicos, nacionalistas—. La diferencia se ve muy clara en cada elección common, donde las metrópolis votan más a la izquierda y el resto más a la derecha, y más clara todavía en el reparto de poderes. En medio de esta ola de jefes nacionales derechísimos, las grandes ciudades de Occidente tienen gobiernos de izquierda o centroizquierda o progres: es el caso de Londres, París, Berlín, Roma, Milán, Varsovia, Praga, Viena, Atenas, Ámsterdam, Bruselas, Lyon, Barcelona, Estambul, Nueva York, Washington, Los Ángeles, San Francisco, Chicago, Toronto, Ciudad de México, Bogotá, y siguen firmas: están casi todas.
O sea, para decirlo sin más vueltas: somos una de las poquisimisimisimísimas ciudades importantes de Occidente que nos dejamos gobernar por la derecha tonta. ¿Será que los madrileños somos más necios o más ignorantes o más algo; será que sabemos algo que todos los demás ignoran? ¿Será que, de tan ínclitos, nunca terminamos de perder aquella guerra? ¿Será que nos da igual? ¿Será que somos eso?
No tengo una respuesta y me gustaría que la buscáramos entre muchos, a ver si averiguamos cómo dejar de pasar vergüenza, dejar de ser los paletos que votamos como Perpiñán, con perdón, o Wauwatosa, Wisconsin. Mientras tanto, me hice un firme propósito: intentaré por todos los medios que mi papá nunca lo sepa. Así puede seguir, mientras se afeita, cantando su canción.
