Empeñados en que el dichoso relato nos cuadre, hace un tiempo albergamos la fantasía de que Melania period una mujer maltratada cuyo rostro hierático mostraba un dolor reprimido. Ahora, gracias al documental dedicado a la primera dama, un prodigio de vacuidad jamás visto en el género, podemos definir a esta mujer sin que la sombra del bisonte distorsione la realidad. El documental quiere contarnos la tremenda épica de una mujer que ha de preparar los fastos del día de investidura de su marido. Los modistos le toman medidas, Melania sugiere meter un centímetro a la cintura. Los modistos señalan cómo las sugerencias de Melania no han de caer en saco roto, porque Melania siempre sabe lo que cube. Melania relata en off que su madre le inculcó el amor por la moda. No hay fotos que ilustren esta confesión tan conmovedora porque, por alguna razón que jamás sabremos, el director decidió borrar el pasado. No hay pasado, no hay Eslovenia, no hay pasarelas ni discotecas en las que seguramente algún otro empresario más o menos hortera le echara la caña.
Melania, como una muñeca de Mattel, existe desde que pasara a ser propiedad del presentador de The Apprentice. Pero eso no quiere decir que la muñeca sea una desgraciada, no me sea usted woke: Melania, subida a unos zapatos de aguja desde que se levanta hasta que se acuesta, cree firmemente en que es un modelo inspirador para la mujer estadounidense. Melania narra los desafíos de preparar el día de investidura desde el que fuera su hogar hasta la llegada a la Casa Blanca, la Trump Tower, que si ya sabíamos que period el templo del mal gusto por fuera, el inside no defrauda: un ático bañado en oro sin un atisbo de confortabilidad.
Melania no solo se preocupa por los vestidos que lucirá, Melania se preocupa por los niños de la tierra, obviando, claro, aquellos a los que su marido bombardea o deja que sean comidos por el frío y el hambre. Para tan caritativa misión, Melania se reúne con Brigitte Macron, sí, aquella a la que Trump solo acertó a decir “¡eh, estás en buena forma!”, y con Rania de Jordania. Las tres reproducen el viejo modelo de damas de la caridad por el cual las buenas obras eximen a las esposas de las tropelías de sus maridos. Da un poquito de risa y un poquito de asco. Señoras sin poder actual alimentando la autoestima con sus labores. No van a pasarse el día andando sobre tacones. Bueno, Melania sí. Melania sonríe, tan hierática Melania, que parece una dama diseñada por la inteligencia synthetic; también las palabras que en primera persona relatan sus anhelos de perfección parecen escritas por una IA alimentada por todos los escritores pelotas que en el mundo ha habido, limpiado luego el monólogo de palabras difíciles, tan sin alma la narración que acaba siendo el retrato perfecto de lo que debe ser su corazón, un cubito de hielo.
Melania es madre de Barron, un muchacho extraño al que jamás oímos hablar, pero sí repetir, más inexpresivo que su madre, los gestos definitorios del padre: el puñito levantado, el dedo aprobatorio, la sonrisa displicente. La pareja presidencial es recibida en el baile con un espiritual. Una apropiación indigna de lo sagrado. Bailan después una melodía romántica y el público aplaude enfervorecido. Podríamos atribuirle este momento kitsch a Melania, pero seamos justos, hay un momento en cualquier investidura estadounidense que nos da vergüencilla, porque aún conservamos rasgos del viejo pudor que nos adornó. Cuando al fin llegan a la Casa Blanca, Melania se quita los tacones. No hace el gesto que haría cualquier terrícola: masajearse los pies y murmurar, aich, coño ya. Ella nació sobre tacones. Trump, sin emoción alguna, le cube entonces que es la mejor primera dama que jamás ha habido. En ese momento, perdón por el spoiler, debió colarse un infiltrado en el montaje, porque se muestra un retrato de Eleanor Roosevelt, que mirando a cámara parece decirnos: “¡Joder, cómo ha cambiado el cuento!”.
