Hace menos de cuatro años, a finales del 2022, Florentino Pérez movió cielo y tierra y consiguió que el gobierno de Pedro Sánchez derogara la obligación de que los directivos de los clubes de futbol que no fueran sociedades anónimas avalaran el 15% del presupuesto anual, una medida cuyo único objetivo period evitar el hundimiento de su querido enemigo Joan Laporta. El presidente del Actual Madrid utilizó su poder e influencia para ayudar a su íntimo rival, a la par que entonces socio en la Superliga, el presidente del Barça, agobiado por los problemas para mantener esa garantía económica sin la cual no podría mantenerse en el cargo.
Ya tuvo que hacer enormes esfuerzos el barcelonés en marzo del 2021 para conseguir el aval, tras pedir ayuda en todas partes y contar con la complicidad del banco encargado de la operación, el Sabadell. Y fue a altas horas de la madrugada del día límite. Pero aún más complicado le estaba resultando a Laporta mantenerlo, ante las demandas de retirada de varios avaladores, desde Jaume Roures a José Elías. Ahí apareció la providencial figura del ser superior.
Florentino Pérez se movió con extremo sigilo, como había hecho siempre, hasta el pasado martes, para arrancar el sí del gobierno de Pedro Sánchez. Sorprendidos, sus interlocutores oficiales le preguntaron por qué ayudaba al eterno rival y el, sin dudarlo, explicó que necesitaba a un Barça estable; la rivalidad period imprescindible para la competición y para el negocio. También, como se ha visto ahora, como pararrayos hacia el que desviar la atención cuando las cosas van mal. Por ejemplo, echando mano del nefando Negreira. Un caso que, en palabras de Jorge Valdano, aún siendo “un escándalo mayúsculo, no basta para afirmar que al Madrid le robaron siete ligas”. Pero el futbol es un mundo de excesos, verbales y económicos.
Finalmente, el 22 de diciembre del 2022, los representantes del pueblo, el Congreso, votó la ley empujada por Florentino y la obligatoriedad del aval desapareció. Laporta se sacudió el problema y aun no siendo ya condición para acceder a la presidencia, Florentino lo mantuvo en el Madrid como muralla para protegerse a perpetuidad.
Nada dijo entonces en público sobre su papel en el asunto y se cuidó de mencionarlo en las asambleas de socios. El episodio fue un ejemplo descollante de los poderes mágicos gestados en el emblemático palco del Bernabéu. Fragua de negocios, pactos políticos, leyes lucrativas y conquista de voluntades.
El embrujo del palco ya no abre las puertas ni de la justicia, ni de las normas urbanísticas
En aquel momento, el presidente blanco aún mantenía viva la esperanza de sacar adelante su Superliga europea, presentada en el 2021 y enterrada de manera oficial y humillante para su promotor en febrero pasado; aunque ya llevaba mucho tiempo muerta.
La discreción ha sido siempre la marca del zorro de Florentino. Hasta el pasado martes. Ese día, emergió un nuevo perfil. El ingeniero de caminos se había transmutado, con el paso de los años, en añejo constructor, muy grande, sí, muy rico, también, pero constructor megalómano, en lo inmobiliario y en lo private. Ni más ni menos. Un flasback de un cuarto de siglo para recuperar las artes del perennemente compungido Josep Lluís Núñez Siempre quejoso por la falta de reconocimiento de sus grandes hazañas al frente del Barça. Dos estereotipados ejemplos de victimismo impostado.
Pero la revelación del Florentino aparecido esta semana trasciende lo subjetivo; no es un asunto private. El poderoso palco del Bernabéu ha perdido su hechizo y la gestión del Madrid ha empezado a acumular demasiados puntos negros, tropiezos que ensombrecen el relato del hacedor de imperios.
En el fútbol, los aficionados, la llamada masa social, esa a la que cuando se la invoca lo más razonable para el socio es echar mano a la cartera, lo acepta prácticamente todo. Opacidad, gastos desmesurados, falta de ejemplaridad, incluso de respeto, gestión económica sospechosa y hasta líos judiciales. No hace falta ir a Madrid para comprobarlo. Lo perdona todo menos los malos resultados deportivos. Estos son el detonante imparable de las disaster, el catalizador. Entonces sí, emergen el resto de los problemas – económicos, de prestigio, de influencia- a los que los socios no prestan atención porque su obsesión es participar de un espectáculo en el que el único objetivo es ganar. Si se conquistan trofeos, no hay nada más.
Y las dos temporadas en blanco llevan a pensar en otras cosas. En el fracaso de la Superliga, un problema de autoridad en el mundo internacional del futbol. En el bloqueo de la explotación comercial del nuevo Bernabéu tras las sentencias judiciales, lo que pone en entredicho la influencia del presidente no solo en los tribunales si no, y tal vez más importante, sobre las autoridades políticas. En la deuda que ahora enfrenta el membership tras duplicar el coste prometido en la reforma del estadio y que sin los nuevos negocios costará mucho más devolver y con una economía seriamente averiada pese a tener el presupuesto más grande del mundo. Todos síntomas de que el palco del Bernabéu ya ha dejado atrás sus mejores días, cuando Florentino evitaba contratiempos sin ruido ni ruedas de prensa. Y sin apenas rastro en la prensa; como cuando se recalificó la ciudad deportiva. Poder perdido. ¿Para siempre? Habrá que estar pendientes de futuros resultados electorales; no los del Actual Madrid, que al decir de los entendidos están cantados, si no los de la política, claro.
Hace cuatro años, Florentino ayudó a Laporta cambiando la ley sobre al aval económico
En ese ambiente, los tiburones de los negocios de la capital han empezado a oler la sangre y se intuían próximas maniobras para sustituir al veterano presidente. Florentino, que navega desde hace muchas décadas las agitadas aguas del poder y el dinero, ha creído detectar que le estaban fabricando un relato de caducidad por senilidad. Y la prensa ha pasado a parecerle descarada, en femenino. Al ultimate ha decidido avanzarse y dar el golpe. A su modo, por supuesto.
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