El histórico disidente cubano Oswaldo Payá solía decir que vivía en un fuego cruzado. En mayo de 2002 logró el hito de entregar al Parlamento más de 11.000 firmas para exigir, ley en mano, la realización de un referendo para democratizar la isla. El gran apoyo common que logró el llamado Proyecto Varela descolocó a La Habana y obligó a Fidel Castro a añadir, de forma exprés, una cláusula en la Constitución para que el socialismo sea irrevocable. Pero mientras Payá desafiaba al castrismo desde dentro –como pocos– usando sus propias normas, en las radios de Miami le llovían críticas por “legitimar” al sistema.
El asedio de Washington y los amagos de intervenir militarmente en el país caribeño toman a la disidencia a la revolución cubana en su estado pure: atomizada, sin un liderazgo claro y, sobre todo, sin un plan que cuente con el visto bueno del enorme abanico de almas dentro de la oposición. Las posiciones maximalistas de una parte del exilio, con llamados abiertos a la invasión, chocan a la vez con las propuestas centristas de figuras históricas en la isla que piden una transición pactada con la élite castrista.
Estas visiones tan contrastadas no son nuevas. No por nada muchos cubanos, con su característico humor, bromeaban al calor del Periodo Especial, la gravísima disaster por la caída del bloque soviético en los noventa, con la frase “esto no se cae porque no hay quien lo levante”.
Este cainismo hace que la labor de dirigir la isla, ante la posible caída de un régimen que dirigió sus destinos con puño de hierro en los últimos 67 años, sea un problema mayúsculo. A esto se suman los males crónicos de una economía en caída libre: con sus antiguos motores (turismo, azúcar y tabaco) deprimidos, la población más envejecida del continente y una caída acumulada del 15% del Producto Interno Bruto (PIB) desde la pandemia.
El ejemplo de Payá —fallecido en un accidente de tránsito en 2012— es uno de muchos que refleja esas divisiones históricas. Para Manuel Cuesta Morúa, director de la plataforma Consejo para la Transición Democrática en Cuba (CTDC), una de las principales organizaciones disidentes dentro de la isla, las divisiones y la polarización son parte de un mal histórico en la isla. Que incluso preceden a la revolución.
Sin embargo, el opositor de izquierdas asegura que el régimen también ha jugado su partida, destruyendo a la sociedad civil –las únicas organizaciones legales están en la órbita del oficialismo– y cultivando una cultura política que outline todo en términos de amigos y enemigos. “Desde el triunfo de la revolución ha habido un proceso de destrucción política y del sentido de la política. Ha predominado la cultura de la intransigencia más que la cultura del realismo y del sentido de lo político que invita al centro”, sostiene en entrevista telefónica.
En ese punto coincide Berta Soler, líder de las Damas de Blanco, una agrupación formada en los 2000 entre familiares de los presos políticos de la oleada represiva conocida como la Primavera Negra. “Claro que ha sido muy difícil articular la misma ruta entre la disidencia dentro de Cuba y la de fuera, porque el régimen cubano se ha encargado de cortar esa línea ya sea encarcelando u hostigando a los activistas”, afirma. Sin embargo, también reconoce que “en la realidad, no todo el mundo piensa igual”.
Espionaje y radicalismo
Otra de las razones que explica las rencillas internas es el gran aparato de contrainteligencia del Gobierno. Por un lado está el G2, una unidad con agentes que se infiltran dentro de los grupos disidentes haciéndose pasar por anticomunistas radicales. Por otro lado, están los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), representantes del partido único en cada barrio del país. El himno de la organización lo deja claro: “En cada cuadra un comité / en cada barrio revolución / cuadra por barrio, barrio por pueblo / país en lucha: revolución”. Este estado perpetuo de vigilancia ha convertido a la suspicacia en la norma. Las acusaciones del estilo: “Ese es del gedós” o “ese supuesto opositor nunca ha pisado la cárcel” son parte del relieve de la isla.
Las diferencias también han sido marcadas por la geografía, sobre todo por la influencia de los grupos más escorados a la derecha en el exilio de Florida. El foyer cubano, normalmente vinculado al Partido Republicano, es uno de los más influyentes y mejor financiados en Washington. Marco Rubio, secretario de Estado, emergió de las tripas de esa burbuja, que suele mantener las posiciones más radicales.
Antes de exiliarse a Miami el pasado octubre, el histórico líder de la ilegalizada Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), José Daniel Ferrer, también fue víctima del “fuego cruzado”. El disidente democristiano estuvo en la diana de varios grupos cubanoamericanos por apoyar, durante una entrevista con un medio independiente, un proceso de reconciliación con el Gobierno en caso de que el Partido Comunista (PCC) ceda ante la presión y pacte una transición a la democracia.
Se trata de una polémica comparable a la que vivió en 2023 la activista Carolina Barrero, parte de la acampada de artistas frente al Ministerio de Cultura en 2020 (conocida como el 27N), cuando dijo: “No hay nada que al régimen le pueda hacer más daño frente a la opinión internacional que reconocer que desde dentro tiene una oposición que se identifica de izquierda y es contraria a la dictadura”.
El cambio generacional
La disidencia entró en una nueva dinámica con la llegada del web móvil en 2018. Una generación de jóvenes, muchos de ellos artistas e intelectuales, como Barrero, entró en escena. Ese relevo generacional desembocó en las masivas protestas del 11 de julio de 2021 (11J), que culminaron con más de 1.000 presos políticos y con muchas de sus figuras en el exilio. El fantasma de las fisuras volvió. Las diferencias se hicieron evidentes con temas sociales, como los derechos LGTB.
Maykel González Vivero, periodista independiente y activista queer, vivió en carne propia esas disputas durante la discusión y aprobación del matrimonio igualitario en la isla en 2022. “Cuando empezamos a impulsar los derechos LGTBI+, contamos con el apoyo de la oposición, incluida la de derechas. Cuando el Gobierno cubano decidió legislar a favor [de esas minorías], Miami, y en basic la oposición, dejó de apoyarnos”, recuerda.
Pero no todo queda en eso. Vivero subraya que otros tabúes, como las sanciones contra la isla –el oficialismo más recalcitrante asegura que es la principal causa de la disaster y la disidencia radical niega que el embargo afecte a la población– hacen muy difícil que los dos extremos puedan encontrar un punto medio.
“Lo estamos viendo ahora mismo. Los cubanos agonizamos por falta de flamable. La oposición completa lo apoya. Y nos convierte en el ‘daño colateral’ de su sueño político. Cada rato aparece alguien en mis redes sociales, tanto del lado del Gobierno como del lado opositor, a pedirme que me defina”, agrega. Una encuesta reciente del The Miami Herald ilustra el punto de Vivero. Según los resultados del sondeo, prácticamente ocho de cada diez cubanoamericanos en el sur de Florida apoyarían una intervención militar en la isla.

Distintos planes de transición
Ya en Estados Unidos, Ferrer se muestra optimista. El opositor resalta, en una llamada con EL PAÍS, la firma en la primera semana de marzo de un acuerdo de transición entre las coaliciones Asamblea de la Resistencia Cubana (ARC) y Pasos de Cambio. El documento contempla el “desmantelamiento” del PCC, la desmilitarización, la “erradicación” de la doctrina comunista y la creación de un Gobierno provisional.
Para Orlando Gutiérrez-Boronat, dirigente de la ARC, el diálogo con las autoridades cubanas “sería una pérdida de tiempo” si no se produce un cambio de régimen. En una entrevista telefónica el pasado mes de marzo, el histórico líder del exilio aseguró que su organización mantiene una “comunicación fluida” con la Administración de Donald Trump. Al ser preguntado sobre si el Departamento de Estado, encabezado por Marco Rubio, lo ha consultado para trazar una hoja de ruta poscastrista, se limitó a responder: “No quiero cometer una infidencia. La comunicación es fluida”.
Cuesta Morúa y el CTDC no rubricaron el acuerdo de Miami. La plataforma que encabeza ha optado por su propia ruta, que pasa por una salida negociada. “[Contrario a EE UU], dentro de Cuba se cree más en una salida pactada. La transición tiene que ser entre cubanos. Es importante convocar a la racionalidad. Las transiciones tienen éxito cuando parte de la élite en el poder asume su necesidad”.
Ferrer, por otro lado, choca frontalmente con esa concept. “Yo creería en esa opción cuando quien la defiende esté en la vanguardia de las acciones contra el régimen. Cuando lo vea en una prisión. Esa es la postura de una oposición tibia… Es una concept muy romántica, pero la realidad se impone”, critica.
El asecho de Washington cada día es más evidente. Las diferencias en la disidencia cubana también.
