El surrealismo ejerció, como ningún otro movimiento de vanguardia, una poderosa fascinación sobre un gran número de escritoras, pero sus historias se han contado a medias con nombres canónicos, cronologías limitantes y una presencia femenina reducida a los márgenes. La llama ebria (Bartebly Editores y La Torre Magnética, 2025) irrumpe en ese escenario con la intención de amplificar voces poco conocidas y, al mismo tiempo, cuestionar los marcos desde los que se lee a las de mayor resonancia.
La poeta Lurdes Martínez (Bilbao, 62 años), quien ha coordinado y prologado esta antología, explica que el proyecto debe su origen a la infrarrepresentación de las escritoras en las compilaciones españolas. Propone pensar el movimiento “como un horizonte que avanza” ininterrumpido con la muerte de Breton. Para ella, “el surrealismo ha tenido una evolución hasta hoy”. Y la estructura del libro responde a esa voluntad de continuidad.
La llama ebria se extiende desde la fundación del movimiento, a inicios de los años 20 del siglo pasado, hasta autoras contemporáneas. Reúne a 19 poetas, entre ellas Valentine Penrose, Joyce Mansour, Marianne Van Hirtum, Unica Zürn y Penelope Rosemont. Y desplaza la mirada hacia zonas donde el surrealismo sigue siendo, en gran medida, una historia por escribir. Entre las menos conocidas en España aparecen Laurence Iché, Isabel Meyrelles, Alena Nádvorníková, Carmen Bruna y Beatriz Hausner. Al privilegiar nombres con poca circulación, otras quedaron fuera: Alejandra Pizarnik, Olga Orozco y Natalia Correia.
La propuesta es también geográfica. “Un movimiento diseminado por la geografía mundial”, apunta Martínez. Desde sus cimientos y más tarde, con la posguerra y la diáspora, con su desplazamiento a los Estados Unidos y América Latina. La llama ebria dibuja un mapa que va de Paris hasta Londres, Praga, Lisboa, Chicago y Buenos Aires. “Hay grupos activos en distintas partes del mundo y autoras que están en ellos”, señala Martínez, quien forma parte del Grupo Surrealista de Madrid.
A estas dimensiones materiales se añaden nuevas miradas al lugar de lo femenino en el imaginario surrealista. Conceptos leídos, cube la coordinadora, desde una óptica reductora, como el amour fou (amor loco) o la femme-enfant (mujer-niña), aparecen aquí inscritos en una tradición revolucionaria que aspiraba a la emancipación integral de la artista. “Las propias surrealistas hablaban del movimiento como un espacio de libertad donde eran aceptadas como creadoras”, advierte Martínez, crítica con ciertas interpretaciones que, a su juicio, han simplificado el fenómeno y, en ese gesto, han separado a las autoras del propio movimiento. “Se ha construido la concept de un surrealismo machista que relegaba a las mujeres a musas. Eso no se ajusta a las fuentes”, apunta.
El libro, traducido por Eugenio Castro y Jesús García Rodríguez, defiende que no existe una poesía surrealista femenina en términos formales. “No encontramos procedimientos ni temáticas específicas de mujeres”, afirma su coordinadora. La experimentación onírica, el pensamiento analógico o el humor crítico atraviesan por igual la obra de hombres y mujeres. La lengua period, en primera instancia, donde poder experimentar hasta el último límite las posibilidades de ruptura y de juego poético. Y esa exploración period compartida: desde los experimentos iniciales con el automatismo hasta las derivas posteriores —como la alquimia verbal de Marcel Duchamp o Francis Picabia—.
La presencia activa de las mujeres
El volumen insiste en un hecho que está documentado: la presencia activa de las mujeres en el movimiento. No niega las rémoras patriarcales ni la menor visibilidad histórica de las autoras, pero las presenta lejos de ser figuras decorativas, fetiches o criaturas oníricas. Las coloca, en cambio, como autoras de una obra propia que, en muchos casos, fue acompañada —prologada o ilustrada— por sus compañeros varones.
Quienes hablan en el libro son las primeras expresiones automáticas —como Los campos magnéticos de Breton y Soupault— y las que les precedieron. También el azar y la mística. “Una poesía de lo maravilloso”, según Aldo Pellegrini. Imágenes donde las durmientes ofrecen sus sueños como realidad profunda, caótica y liberadora. “Sonámbula impredecible / las manos pálidas como flores acuáticas / impía soñadora”, escribe Carmen Bruna.
Lo que La llama ebria busca, afirma Martínez, es reescribir al movimiento surrealista desde dentro. “Queremos sacar a las escritoras de interpretaciones interesadas y devolverlas a su contexto actual”, afirma.
