Aurèlia Muñoz tuvo una revelación ante el Tapiz románico de la Creación de la catedral de Girona. “Ahí nació mi interés definitivo”, contaba la artista para tratar de explicar por qué en los sesenta, cuando ya había pasado los 30 años, comenzó su carrera con una apuesta por el arte textil. Desde aquel momento, tuvo un gran éxito internacional que le permitió trabajar en Europa, América y Japón, participar en importantes ferias y protagonizar exposiciones individuales. Ni siquiera la misoginia más letal del franquismo pudo torpedear un universo que transitó los tejidos, el macramé, el papel, el dibujo y la fotografía. Fue ya en democracia cuando cayó en el olvido. Una travesía por el desierto temporal, porque a partir de 2018, y sobre todo con el last del confinamiento, su legado dinamitó las etiquetas de arte decorativo, artesanía, labores domésticas, a fin de cuentas, de trabajo de mujeres. Cuando se cumplen 100 años de su nacimiento, el MACBA y el Museo Reina Sofía se han conjurado en la muestra Aurèlia Muñoz. Entes para, dicen sus responsables, no recuperar su figura, sino, “reivindicarla en su contemporaneidad radical”.
Esa capacidad de Muñoz de superar las estrecheces de los encasillamientos se manifiesta en la primera sala en la que se reúne una muestra de fotografías de varias de sus piezas, no de sus obras. Esta carta de presentación pretende definir a una artista que, en palabras de Sílvia Ventosa, comisaria, responsable del archivo y su hija, “period rigurosa, autoexigente y trabajó siempre de manera colectiva consultando a otros expertos, solía decir que lo importante period lo que venía de fuera, en mi casa siempre había todo tipo de artistas”. Por eso se rodeó de importantes fotógrafos de la época como Lluís Casals y Catalá-Roca para que dieran cuenta testimonial de sus obras y por su afán de profesionalizar su trabajo, siempre abierto a la reflexión y el descubrimiento. “Period muy estructurada. Recuerdo frases como ’50% relaciones públicas y 50% trabajo’. Dedicaba todas las mañanas a tareas administrativas y por las tardes, cuando trabajaba, ni una mosca se podía mover”, relata Ventosa.
La exposición se despliega, casi de manera cronológica por cada una de sus etapas creativas. Ya en la primera, la que devino del descubrimiento del tapiz de Girona, Muñoz demostró que era capaz de pintar a partir del bordado como demuestra en el monumental e impresionante Homenaje a Jerónimo Bosco (1971), un tapiz de más de tres metros que se puede ver por primera vez en un museo. Desde mediados de los años sesenta participó en las Bienales Internacionales del Tapiz de Lausana donde conoció a colegas de la misma disciplina como la colombiana Olga de Amaral, la norteamericana Sheila Hicks y la polaca Magdalena Abakanowicz. Allí se reunían directores de museos, galeristas y críticos de arte quienes la fueron convocando a exposiciones individuales, y a quienes legaba, recuerda su hija, el género o disciplina de sus piezas. “Ella solía decir: ‘yo hago y ya vosotros le ponéis las etiquetas”, matiza Velasco, que reconoce que la crítica siempre fue muy favorable al trabajo de la artista.

Estas piezas textiles cuelgan de las paredes, como estaban inicialmente ideadas, porque Muñoz siempre tuvo en el espacio su lugar de trabajo lo que hizo que su obra cabalgara también entre la escultura y la arquitectura. “Muchas de mis obras son tridimensionales y me suponen los mismos problemas a los que se enfrenta un escultor. Es verdad que la técnica y la textura son diferentes, pero en realidad vamos todos a un mismo fin”, declaró Muñoz en vida.
A partir de los setenta, la artista encontró en el macramé una manera de expresión escultórica con la que pudo seguir explorando el espacio a través de los nudos. “Esta técnica viene del paleolítico”, apunta Velasco, “los niños aprenden a hacer nudos cuando se atan los cordones de los zapatos, ella le dio la vuelta a lo más sencillo para convertirlo en arte contemporáneo”. Así, estas formas abstractas, algunas de más de cuatro metros, dispararon su reconocimiento internacional, una de ellas, Àguila beix (1977), pertenece al MoMA de Nueva York.

Y es partir de estas piezas que surge el nombre de la muestra que se podrá ver hasta el 7 de septiembre en Madrid, para después viajar a Barcelona a partir del 5 de noviembre. “Entes viene de ens, el nombre que tienen muchas de sus piezas de macramé”, explica Manuel Cirauqui, otro de los comisarios de la muestra y además responsable de la asesoría científica a través de la Fundación Eina, “son seres sin género con una presencia muy concreta en el mundo, hasta sus escamas y anémonas parece que se quieren acercar a los que somos”.
Muñoz ideó seres marinos en papel cuando hizo de este materials una nueva etapa de su carrera. En varias salas, pero especialmente en la que se dedica a parte de su archivo hasta ahora inédito y la del entorno marino —le encantaba bucear en Menorca—, la artista fabricaba su propio papel porque como apunta Rosa Lleó, la tercera de las comisarias, “la obra y el proceso adquirían la misma importancia para ella”.

Ya había dado señales de la ligereza en sus obras con sus aclamados Pájaros-cometa, que en esta muestra discurren por las salas en distintos formatos. Los monumentales que se quedaron fijados en la memoria de unos cuantos cuando se colgaron en el Palacio de Cristal de Madrid en 1982, y que ahora visten el atrio del MACBA. Y los bocetos hechos de papel que Velasco y Lleó han encontrado en carpetas y sobres en el archivo de Muñoz. “Mi padre le ayudó a organizar su trabajo en ese afán que tenía ella por profesionalizarlo todo”, cube su hija. Gracias a esta minuciosa labor de memoria, las dos comisarias han podido volver a montarlos en delicadas estructuras de palitos de madera.

Muñoz revivió primero en el circuito internacional en 2018, cuando el MoMA adquirió tres de sus obras. Luego la familia, a través de la Generalitat de Cataluña, donó otra al MNAC. A partir de ahí, la recuperación fue imparable. La Galería José de la Mano inició en 2020 una labor de rescate que también forma parte de esta exposición con algunas piezas dispersadas en distintas colecciones extranjeras. El olvido de la artista no solo fue temporal, también administrativo.
“Mi hija Claudia [la nieta de Muñoz] me decía en los dos años que llevamos organizando estas muestras, que es ahora cuando por fin la entendemos, 50 años más tarde”, reflexiona Velasco, “porque fue una visionaria del arte contemporáneo”. Este es el objetivo de los comisarios, que cualquier persona, aficionada o no al arte, entienda a Aurèlia Muñoz.

