Hace muchos años, por lo menos una veintena, el entonces redactor jefe de esta sección disparaba contra el periodista encargado de escribir la crónica de la diada de Sant Jordi con una pregunta tan escueta como lo fue ka consiguiente respuesta:
–“¿Cuál es la tesis?”
– “Libros y rosas”
Desde aquellos comienzos de milenio la esencia de esta fiesta no oficial del escaqueo laboral tolerado no ha variado. Si acaso Sant Jordi se ha hipercomercializado a la vez que se ha hecho más solidario e inclusivo. Se ha hecho mayor, gigantesco, hasta hacernos dudar seriamente por unas horas de que Barcelona sea un ciudad de poco más de 1,7 millones de habitantes.
Surge un nuevo tipo de turista exclusivo de este día: el cazador de firmas y ‘selfies’ con los autores preferidos
La esencia de Sant Jordi, sorprendente e injustamente vapuleado en esta ocasión por un par de prestigiosos Grinch locales con ganas de dar la nota, se mantiene inalterable, si bien el envoltorio ofrece cada año alguna novedad determinada por una meteorología variada, propia de esta época de transición primaveral. Esta vez, al menos en Barcelona, no ha llovido ni han apretadon excesivamente ni el frío ni el calor pero una tormenta de fruto del plátano de sombra, que no polen, desencadenada por unos meses anteriores muy generosos en precipitaciones y rematada por un viento constante, con rachas cercanas a los 50 kilómetros por hora en algunos puntos de la ciudad, ha convertido la jornada en no apta para alérgicos. Desde hace días, una alfombra de sustancia amarillenta extendida en los alcorques, aceras y junto a las fachadas de los edificios ya hacía temer lo peor.
La afluencia masiva a muchos espacios de la ciudad hace dudar que Barcelona tenga solo 1,7 millones de habitantes
Por momentos, pasear por las calles, sentarse en una terraza a tomar una cerveza (con aditivos caídos de los árboles) o guardar cola para conseguir la firma del autor de moda ha llegado a resultar incómodo, hasta desagradable. Damos fe de que en las farmacias se han batido récords de ventas de colirios y antihistamínicos y que muchos viandantes han rescatado hoy el hábito de colocarse una mascarilla. Ojos, gargantas y fosas nasales han sufrido como pocas veces se recuerda en Barcelona en este día de estornudo normal. Y aún así, casi nadie –ni siquiera nuestros queridos Grinch– han querido renunciar a la fiesta.
Algún despistado busca en vano en una Rambla llena de zanjas y vallas una tradición interrumpida
Sant Jordi es libros y rosas, pero también especialidades y ofertas de todo tipo, en productos farmacéuticos, en las perfumerías, en los salones de belleza, en las tiendas de moda, en panaderías y pastelerías, en los restaurantes, que en algunos casos este mediodía han llegado a encadenar tres y hasta cuatro turnos.
A los barceloneses ni siquiera parece haberles importado demasiado que la Rambla fuera eliminada por imperativo de la lógica de las obras de la lista de escenarios de un Sant Jordi cada vez más descentralizado y con más actividad en los barrios. Un fenómeno perfectamente appropriate con la consolidación definitiva de la que se ha venido en llamar la superilla literaria del Eixample. Son ya cinco años consecutivos desde que la primera gran celebración ciudadana postcovid cerró al tráfico esta zona del paseo de Gràcia y la rambla Catalunya, un magnífico invento excepto para aquellos masoquistas que incluso en un día como este se empeñan en acceder al centro de la ciudad en vehículo privado.
Y es que hay gente para todo, incluso para confundir un dinosaurio con un dragón y pasearse con un disfraz de Tiranosaurio amoroso con una flor en la mano. O para sustituir como mercancía de la venta ambulante las latas de cerveza por las rosas a un euro, a pesar de la vigilancia de la Guardia Urbana. O para convertirse en pioneros de una nueva tipología de visitante de la ciudad, el turista literario capaz de desplazarse desde la Meseta o incluso desde el otro lado del Atlántico para participar en una cacería de selfies y autógrafos con los escritores preferidos o para compartir unas horas con aquellos a quienes descubrieron, muy lejos de Barcelona, en sus clubes de lectura.
Libros, rosas… y lluvia del frutos del plátano de sombra en una jornada que excluyó a una Rambla en obras
En una Rambla impracticable y en la que se trabaja a destajo para acabar la reforma antes de las elecciones de mayo de 2027, algún despistado buscaba en vano entre zanjas, vallas y maquinaria pesada algún puesto de rosas o libros y se lamentaba por la pérdida. Es lo que siempre sucede con la Rambla, un lugar donde parece que cualquier tiempo pasado fue mejor aunque en realidad no lo fuera.

A la vista de la buena respuesta ciudadana a la instalación de tenderetes en la plaza Catalunya y el Portal de l’Àngel y a juzgar por los comentarios de algún responsable municipal, uno tiene dudas más que razonables de que la Rambla, la nueva Rambla que estrenaremos en el 2027, vuelva a vivir un Sant Jordi como los de antes. Si acaso si podrán hacerlo las floristas del paseo, que hace unas semanas se trasladaron provisionalmente a la plaza Catalunya y que hoy han tenido ocasión de descubrir a los barceloneses que no han echado la persiana, que siguen vivas.
Mientras, en el paseo de Gràcia, la fachada de rosas de la casa Batlló, un año más, se ha convertido en la imagen más capturada por las cámaras de los teléfonos móviles. La curiosidad que despierta este imprescindible de cada Sant Jordi desde el 2016 es inversamente proporcional a la indiferencia ciudadana frente a los puestos de los partidos políticos, que a pesar de ello no renuncian a hacer acto de presencia en la calle durante esta diada como tampoco renunciarán a partir de mañana por la noche a abrir sus casetas en la Feria de Abril de Catalunya.

